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Por: Luis Pacheco Quispe
@Pacheco_Quispe
La manifestación fue programada para el 28 de enero, pero por un urgente pedido del Presidente Ollanta Humala, los parlamentarios se reunieron el lunes 26. La reacción de los “pulpines” fue inmediata y supieron organizarse a los pocos minutos que el presidente convocara a la Legislatura el último viernes. Comenzaron a agruparse antes que saliera el sol. La Plaza Dos de Mayo congregó nuevamente a miles de jóvenes (más de 10 mil) para reclamar lo que siempre creyeron justo; la derogatoria de la Ley 30288, la “Ley Pulpín”. Y lo consiguieron.

El 26 de enero no no fue un día cualquiera para la juventud peruana. No era la misma juventud que estuvo adormecida en la década del 90, aquella juventud que arrastraba una niñez nefasta de los años 80 y que buscaba por todos los medios sobrevivir a los cambios en la economía nacional. Los jóvenes del siglo 21 demostraron que, haciendo uso de las tecnologías, esas que hasta ahora varios no sabemos aplicar, pueden organizarse masivamente y hacer respetar sus derechos.

Los más de 25°C no impidieron que los jóvenes distribuidos en agrupaciones, federaciones y asociaciones, marchen pacíficamente por las calles de Lima. La ruta incluía las Plazas principales de la ciudad: Dos de Mayo, Bolognesi y Grau. Allí, en pleno mediodía, el infierno del asfalto no disminuía las voces ni las arengas.

La marcha camino al Congreso / Foto: Spacio Libre (Luis Pacheco)
La marcha camino al Congreso / Foto: Spacio Libre (Luis Pacheco)

Era el momento de acabar con una ley que fue considerada por ellos como discriminadora e injusta y cuyo destino se definía, en ese momento, en el Congreso. Las personas que fueron testigos de la manifestación esta vez apoyaron a los jóvenes en las calles; aplaudían y levantaban sus brazos desde las tiendas y paraderos, desde los balcones de la avenida Alfonso Ugarte, desde las ventanas de los edificios al cruzar las avenidas Venezuela y Bolivia, desde los buses y automóviles particulares que daban pase a la turba que crecía.

Para la tarde, a eso de las 3, se conocía el veredicto: Ley derogada. No me uní a la celebración, otras obligaciones me apartaron del lugar. Una pregunta había en el aire: “¿Y ahora qué?”. Bueno, según algunos analistas, la mirada debe volver al reglaje y Belaunde. Dejen celebrar a los jóvenes su triunfo. Pero que no se confíen, los congresistas tienen presente intereses propios y de quienes los pusieron allí. Así, los que votaron en contra de la ley (y que no lo hicieron desde un comienzo) volverán por el “vuelto”. En las próximas elecciones será su bandera, su carta de presentación: “Yo apoyé a los jóvenes”. No bajemos la guardia.

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