
Por: Laura Arroyo Gárate / @menoscanas
Pesadilla cotidiana
He demorado mucho en escribir este texto. Me he descubierto reescribiendo la primera línea una y otra vez. Me he descubierto releyéndolo, tal vez demasiado, antes de publicarlo. Me he descubierto suspirando durante minutos muy largos antes de enviar las letras que siguen.
Yo tenía 9 años la primera vez que me tocaron como no sabía que se me podía tocar. Tenía 9 años cuando me encontré atrapada en un remolino de duda interna. No terminaba de entender lo que había pasado, pero estaba segura de que estaba “mal”, de que habían hecho algo contra mi voluntad, y que debía gritarlo, castigarlo, compartirlo y enmendarlo. Y “tuve suerte”, por decirlo de algún estúpido modo. No estaba sola y eso es hasta más indignante. Estaba caminando con mamá, a horas tempranas de un domingo. Pero el sujeto que se atrevió a acercarse por detrás de mí, y meter sus mano hasta lo más hondo no sintió reparo alguno en hacerlo pese a que ella me acompañaba. Ella también era mujer, no había problema en saciar su arrebato. Lo hizo brusco, doloroso y rápido. Ella reaccionó tarde, él ya se había ido corriendo.
Yo no lloré. Ante mi propio asombro me descubrí corriendo tras el agresor. Durante todo el trayecto de la persecución no podía dejar de pensar “¿qué voy a hacer si lo alcanzo?” Hasta hoy no puedo responderme. Mamá me pedía, varios metros atrás, que por favor dejara de perseguirlo. No la culpo. Me ha confesado que temía que él pudiera hacerme más daño. Nunca lo alcancé, era imposible. Se perdió de mi vista y ella, mordiéndose los labios por la rabia pero aguantándose por mí, me subió a un taxi y regresamos inmediatamente a casa.
Lo que pasó después sigue siendo un recuerdo difuso. Ella y yo llegamos a casa y nos topamos, lo cual era inusual, con mi padre. Creo que fue una de las últimas veces. Ella le contó lo ocurrido y él reaccionó como nunca antes lo había visto, ni volvería a verlo: indignado y colérico. Subió al auto, mi madre y yo también, y manejó por todas las calles del distrito hasta dar con el agresor. Él, confiado y conchudo, no se había movido de su esquina. Estaba ahí fumando con sus amigos cuando vio a mi padre bajar del auto como si se tratara de un monstruo. Tal vez lo era. Mi padre se acercó a él y lo que pasó a continuación marcaría, como todo ese día, el resto de mi vida.
El agresor me miró a los ojos, a “insistencia” de mi padre, y me pidió repetidas veces, y con la voz entrecortada por el temor, perdón: “Laura, perdóname”. Esa fue la primera vez en que este sujeto me miró a los ojos y me reconoció como igual. Al pedirme perdón, obligado, sí, pero sincero. Y entonces lo supe. Decidí, siendo pequeña, que nunca más necesitaría que nadie me protegiera de un agresor. Que yo me bastaba para hacerle frente a cualquier tipo que quisiera violentarme. Tenía 9 años, sí, pero desde entonces he respondido cada silbido, piropo, agresión verbal, etc. en la calle. Y lo he hecho temblando de temor, a veces lagrimeando de impotencia, pero nunca más me quedé callada.
Hace tres años, subí a un taxi a las 10 de la noche de un viernes rumbo a casa de mi mejor amiga Jimena. En el camino me di cuenta de que el taxi había desviado la ruta, pero pensé que se trataba de algún atajo o un error. Llamé, en una respuesta instintiva muy acertada a Jimena y le dije al teléfono “Jime, voy a demorar porque el taxista se ha desviado estoy por el puente del Derby, por la carretera.” En ese momento, el conductor se aparcó a un lado de la Vía Evitamiento, volteó con un arma y me dijo “apaga el celular”. Logré gritar al auricular “Por favor, no dispare.” Me quitó la cartera, los celulares (cargaba con dos por la chamba), y bajó del auto. Intenté abrir la puerta, pero tenía puesto el seguro para niños y pensé “Laura, lo que pase va a pasar, tranquila.” Me abrió la puerta, me sujetó del brazo y me lanzó con fuerza hacia la carretera no sin antes decirme fuerte y claro “tienes suerte, perra.”
Cuando Magaly Solier denunció el acoso sexual del que había sido víctima en el Metropolitano hace unas semanas recordé estos momentos. Solier cuenta la indiferencia de quienes fueron testigos de la agresión contra ella. Esa indiferencia es la que nos debilita. Nunca he vivido una situación como ella, pero estoy segura de que la indignación me colmaría. Del mismo modo, si me significó tanto un evento como el que viví a los 9 años, no quiero imaginarme lo que significa para alguna mujer haber sido violada y lo que implica vivir con ese pasado el resto de su vida. No obstante, todas hemos sido violentadas de alguna manera y si a esa pesadilla cotidiana le sumamos la indiferencia generalizada o, peor aún, las declaraciones vergonzosas de ciertos personajes como Martha Meier que señala, ridículamente, que los casos de acoso son “aislados”, el panorama es aún más negro.
Y la respuesta no es dividir buses en horas punta. No se trata de separarnos a mujeres de hombres porque eso refuerza la idea de que ellos son animales que no pueden controlar sus instintos. ¡Francamente, ridículo! Tampoco se trata de andar con clavos y tijeras como sugiere, absurdamente, nada menos que una ex ministra de la mujer. ¡La violencia no se responde con violencia, señora! De lo que se trata es de hacerle entender a todos esos agresores que sus acciones merecen una sanción. Que el silbidito gratuito que me haces por caminar frente a ti tiene consecuencias. Que cuando pasas al lado mío y me dices “que rica estás” no me estás haciendo un favor. Que cuando pones tu cara de mañoso, te muerdes los labios y te tocas mientras me miras me estás agrediendo, no demostrando que soy deseable. Porque ni a mí, ni a ninguna de nosotras, nos importa un bledo saber si te parecemos ricas, guapas o te excitamos de alguna manera. Porque necesitas entender, aunque muchos años te hayan enseñado lo contrario, que la figura del macho que explicita sus deseos no es otra cosa que una aberración.
Pero para eso hace falta algo más. Denunciemos. No nos quedemos calladas nunca más. Como dice mi buena amiga Vero Ferrari, es el colmo que el abuso y la agresión sean parte constitutiva de “ser mujer”. Necesitamos rebelarnos. Necesitamos compartirlo. Y, con ello, concientizar a todos y a todas de que esta es una realidad que no pensamos tolerar más. Y es fuerte. Me ha costado escribir este texto y mostrar a esa Laura niña y víctima, y mucho más reconocer que hace tres años, a los 24, tampoco fui capaz de defenderme. Que fue una casualidad la que me salvó de una pesadilla más terrible. Pero no me callo más. ¿Y tú? ¿Seguirás callada?
¿Y tú, hombre que me lees? ¿Te sumas? No por tu madre, ni por tu hermana, ni por tu hija…por todxs. Porque entiendes el valor de vivir en una sociedad donde no se violente a nadie. Porque entiendes el valor de mirarme como a una igual y respetarme sólo por ser. ¿Te sumas a acabar con esta pesadilla cotidiana?
Porque lo bueno de las pesadillas es que se acaban cuando despierto, pero esta, no acaba nunca. Por ahora. Y depende también de ti
![[OPINIÓN] ¿Estábamos mejor cuando estábamos peor?](https://www.spaciolibre.pe/wp-content/uploads/2014/06/image_content_high_48331120_20140611143241-150x150.jpg)