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Por Sandra Reyes/@SandraLoiseM

 

Lima, Perú (Spacio Libre).- La violencia terrorífica que nuestro país vivió en la década de los ochenta y noventa quedará como una cicatriz imborrable en la mente de los peruanos y más aún en la de las victimas que sufrieron en carne propia el conflicto armado interno.

Es verdad que todos no lo vivimos ni sentimos de la misma manera. La violencia desatada por los grupos terroristas Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) generaron caos y se burlaron de la seguridad del país, y ante este problema el Estado cometió barbaridades al no distinguir entre inocentes y culpables matando indiscriminadamente.

Hoy se cumplen 10 años de la entrega del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), tiempo suficiente para obtener resultados concretos en materia de reparaciones, búsqueda de la verdad y justicia. Pero como vemos la realidad es otra y es muy poco lo que se ha avanzado. Las principales victimas de este conflicto fueron indígenas andinos, sobre todo campesinos (56%), quechua hablantes (75%), pobres (68%) y aquellos que vivían en zonas rurales (79%), quiénes aún esperanza justicia.

Para recordar a cada una de las victimas de este periodo de violencia en nuestro país es que se crearon los memoriales. Los memoriales son espacios dedicados a los muertos y desaparecidos durante el conflicto armado interno y equivalen a un tipo de reparación simbólica. Hay diversos de ellos en el Perú y buscan recordar esta trágica época para que nunca más se repita.

En Lima, encontramos El Ojo que Llora, memorial ubicado en el Campo de Marte en Jesús María. El memorial ha sido construido sobre más de 4 mil metros formados por veredas y muros de concreto que ya existían en el Campo de Marte. Lo que se hizo fue reemplazar estos espacios de concreto por el memorial. Fue inaugurado el 28 de agosto de 2005 como el primer proyecto de la Alameda de la Memoria.  Y hace cuatro días se dio a conocer que el monumento fue declarado patrimonio cultural, según Javier Torres, presidente de la asociación Caminos de la Memoria, encargada de salvaguardar la obra.

 

 

 

 

 

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