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Fotocomposición: Ricardo Marapi

Por: Roberto Bustamante Vento

Comenzaré con una historia. Yo estudié en San Marcos y aunque no milité en ningún partido, sí participé en algunos procesos de fortalecimiento gremial, compartiendo muchos momentos con amigos y colegas con los que coincidíamos políticamente en ese espectro llamado izquierda. Ya en los últimos momentos de mi estancia universitaria me fui alejando de ellos y comencé a trabajar en una prestigiosa oenegé de investigación. Varios de mis viejos compañeros de ruta me miraron con suspicacia. “Pero esa oenegé es financiada por la XXXX. Y la XXXX responde a los intereses del gobierno norteamericano y de la CIA. Entonces, tú estás trabajando para la CIA”, me dijo uno de ellos. Yo lo miré atónito. No podía creer que alguien que acababa de llevar los mismos cursos que yo realizara un análisis tan alejado de cualquier lógica o razón. Evidentemente, mi alejamiento fue mucho más rápido.

Indagando un poco más en esta forma de analizar las cosas, un amigo me explicó que justamente ese era un pensamiento científico bajo toda regla: sospechar de todo, porque todo tiene conexión con todo. Así, por ejemplo, no se puede desligar una investigación sobre la violencia política del país del investigador, porque finalmente obra y autor son no enajenables, y luego tampoco se puede desligar al investigador con quienes financiaron el estudio porque hay allí una coincidencia ideológica. Si la conciencia (social) está determinada por el ser (social), entonces para qué discutir los argumentos del otro, sino más bien ver por dónde viene el dinero que le da de comer a cada uno. Entonces, todos nosotros estaríamos bajo sospecha permanente, porque lo que se trata es de ver quiénes nos financian el pan con chicharrón que compramos todos los domingos y no lo que escribimos en nuestras investigaciones.

Como lo que se trata entonces no es de argumentar en la búsqueda de ir creando mayor conocimiento, el trabajo “científico” (lo pondremos entre comillas) es aquel que va tratando de descifrar lo que se esconde detrás; es seguir la huella del dinero hasta encontrar, quién sabe cuándo, al gran titiritero que mueve los hilos de las personas. Porque, obvio, tiene que haber alguien que está moviendo todos esos hilos. Si el suspicaz es alguien de izquierda, generalmente este demiurgo terrenal es la CIA. Siempre.

Umberto Eco llama la atención sobre esta forma de pensar. Manifiesta que las teorías de la conspiración ejercen una particular sensualidad en las personas. Mucho mejor que pensar en complejas explicaciones sociológicas de la realidad (el famoso análisis concreto de la realidad concreta), más tentador es pensar en gente que desde la oscuridad vienen tramando imbricados planes para dominar a las personas. Luego del desencanto de la modernidad, con todas sus metodologías e hipótesis y sistemas de falsación, las teorías de la conspiración se volvieron un refugio para la afiebrada mente del aspirante a Sherlock Holmes. Las pistas, hay que recolectar las pistas, piensa el asiduo de estas teorías.

Otro aspecto de las teorías de la conspiración, dice Eco, es que no dicen nada nuevo nunca. Todos los libros que cada año se escriben sobre los protocolos de Sión, por ejemplo, repiten cosas que ya se han escrito, presentando como nuevas evidencias, hechos que no son comparables ni testeables por nadie. Nuestro asiduo a las conspiraciones, dará por cierto que la CIA está detrás de todo porque así se ha dicho antes y porque no hay otra forma que no lo sea.

No es exclusividad de la izquierda el pensamiento conspiranoico. La derecha apela al mismo razonamiento al momento de entender, por ejemplo, la conflictividad en las zonas rurales. Partiendo del principio del buen salvaje (donde el campesino/indígena es incapaz de protestar por sí mismo, por distintas razones), tiene que haber siempre una organización que mueve los hilos por detrás. Explicaciones más complejas y técnicas sobre la institucionalidad entre empresa, estado y población local, por supuesto suenan más aburridas y menos atractivas, frente a la posibilidad que haya una mente maestra que lo esté orquestando todo.

Es pues una confusión gigantesca el decir que el “sospechar de todo”, sea dentro de la ciencia o del periodismo o cualquier disciplina que aplique investigación, implique luego no solo anular el argumento del otro, sino terminar justamente aportando a las teorías conspirativas. La lógica científica no va por ese lado o no debería ir por ese lado. La lógica científica antes que sospechar, es escéptica. No sospecha que el argumento del otro sea falso el que lleva el mensaje, sino porque quiere buscar poner a prueba ese argumento con otro argumento más sólido y más fundamentado. Encuentra el atractivo no tanto en buscar la gran mente maestra detrás de todo, sino en el juego del ir descubriendo más información que será añadida al gran Lego que es el conocimiento. Claro, hasta que caiga el paradigma sobre el que se sostiene pero esa es otra historia.

Lamentablemente al haber más demanda de esas historias de conspiración, son los medios los que constantemente refuerzan la razón de la sospecha. Estudios sobre contaminación de agua son desechados por las mineras porque “son financiados por oenegés interesadas en tirarse abajo el país”; estudios que señalan que la minera K no está afectando los regadíos son desechados “porque responden a los intereses de las grandes corporaciones mundiales”.

Una de las tantas cosas que vienen sucediendo en Espinar, Cusco. Donde el asesinato de dos pobladores solamente va a alimentar mucho más la desconfianza y la sospecha. Seguramente la represión terminará imponiendo una paz corta. Pero la sospecha sobre el argumento del otro continuará.

3 comentarios en «LA TETERA CÓSMICA. ¿Acaso no me vas a decir quién te financia?»
  1. […] Hace unos días tuve una pequeña polémica en Twitter con Roberto Bustamante, más conocido como El Morsa, a raíz del post que Cabanilllas escribió sobre Arturo Goga. Bien. Roberto cuestionaba el método periodístico de sospechar tanto del mensaje como de la fuente. Para él, que no es periodista sino científico, eso emparentaba a los periodistas con los enloquecidos fanáticos de las teorías de la conspiración. Luego, ha articulado sus ideas en este post. […]

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