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Por: Martín Alvarado / @martinalcor

Lima ha dormido hasta casi el mediodía del domingo y yo también. Ha pasado la hora del almuerzo y el cielo gris que se adueñó muy temprano de la capital aún perdura, como para no olvidarnos que el invierno gobierna por estos meses. El frío se afana en ser eterno.

Un microbús de esos que llegan hasta la avenida La Marina, me ha dejado en el paradero de Javier Prado que conecta con Evitamiento. Avanzo unos pasos y el tumulto de gente amotinados en el paradero anuncia la llegada del chino, quizá la empresa de transporte público más grande de Lima y el país, que une Pro con Villa El Salvador. «Todo Evitamiento, Puente Nuevo, Acho, Trujillo, Panamericana Norte», invita el cobrador.

En esta especie de circo rodante se departen las conversaciones más amenas, se critican a las autoridades, a los vecinos, amigos y familiares. Sermonea un vendedor ambulante, cuchichean dos jovencitas, cabecean los ancianos, aplauden a un payaso, se ríen y se mofan en medio de un jolgorio y griterío que avanza por la Lima provincial.

Paso Acho, el puente Huánuco y el puente Trujillo. El Puente de Piedra como lo conocen algunos, se asoma. Ese que fuera en los primeros años de la República, la vía más importante de la ciudad. Me bajo y camino unos cuantos metros más allá.

Ambulante soy, proletario soy, ambulante soy, muy humilde soy…

Vendedores de anticuchos, humitas, habas y CD de Los Shapis, Chacalón y el grupo Alegría se apoderaron de la vereda y hay que esquivar cada uno de estos puestos gastronómicos, para subir al puente Rayitos de Sol que me llevará hasta la Alameda Chabuca Granda.

Sobre el antiguo mercado de Polvos Azules, a orillas del río Rímac y detrás de la casa del presidente de turno se ha levantado esta especie de centro de congregación. Desde ese rincón del Centro Histórico de Lima se observan los colores chicha de las paredes en las casas del cerro San Cristóbal, la Estación de Tren Desamparados y el vasto horizonte de casas virreinales.

Sigo avanzando por el puente y este protesta moviéndose por la cantidad de gente que camina sobre él en dos filas: Los que llegan y los que se van. Gente sentada en el primer anfiteatro cercano al ingreso, convulsiona de risa y mano al bolsillo tantean si queda algo de sencillo. Tanta fiesta y regocijo tiene un precio. Los cómicos ambulantes exigen el pago a su chispa.

La gente deambula entre historias de personajes invisibles/Foto:Martín Alvarado (Spacio Libre)
La gente deambula entre historias de personajes invisibles / Foto: Martín Alvarado [Spacio Libre]

Estos comediantes de la calle, excluidos de la televisión hace ya buen tiempo, son en su mayoría migrantes de regiones andinas, como lo son en mayoría su público cautivo, llegaron a la Ciudad de los Reyes en busca de oportunidades al verse desocupados. En los fines de semana este es su teatro, aquel que no tiene camerinos, luces, butacas o maquilladores. Total, aquí, vale todo.

Continúo caminando y el murmullo de un violín me detiene. Busco entre vendedores y gente que transita indiferente. Volteo y diviso sentado a un anciano que conversa con un joven mientras toca. Luce una camisa blanca, chaleco marrón y una gorra azul. Me acerco y le extiendo la mano para conversar con él, pero se resiste e intenta doblegar su timidez. “Yo no converso con la gente que no conozco”, me dice. Me siento a su lado y le digo quien soy. Deja de tocar y esconde su violín. “Una vez ya me pasó. Vinieron me mintieron y hasta me quisieron robar mi herramienta de trabajo”. Me despido de él y tras alejarme un poco, volteo para mirarlo otra vez. Él, vuelve a tocar.

Los visitantes disfrutan de anticuchos, choclos o pancitas/Foto: Martín Alvarado (Spacio Libre).
Los visitantes disfrutan de anticuchos, choclos o pancitas / Foto: Martín Alvarado [Spacio Libre]

Muy cerca de este músico longevo, el humo que se mezcla entre la gente, se ausenta de las parrillas donde se exhiben los trozos de molleja y corazón de res, macerados y ensartados en palitos de carrizo. El olor de los anticuchos, la pancita y el choclo  que deambula entre los caminantes, invita a disfrutar del festín gastronómico. Mujeres con una pañoleta de color rojo con puntos blancos amarradas a la cabeza, invitan a los visitantes a estacionarse en estos puestos de banquete capitalino.

En textos españoles del siglo XVI, se pueden rastrear los anticuchos, cuando los conquistadores llegaron al Perú. En esa época al anticucho se le agregaron ingredientes europeos, como la carne de res, que remplazaría a la de llama u otros utilizados en la época del imperio Inca. Al respecto, la escritora Erika Fetzer, menciona que de acuerdo a la tradición, los anticuchos se preparaban originalmente con carne de llama y que al llegar los españoles los ensartaron con palitos a modo de brochetas.

En aquellos tiempos los colonizadores desechaban todo tipo de vísceras y se las daban como alimento a los esclavos. A ellos se debe la receta actual que nació con la necesidad de tener un plato atractivo, de buen aspecto y mejor sabor; específicamente se usaba el corazón de la res.

Más allá, en otro rincón de La Chabuca, las mazamorreras endulzan la tarde gris que se alía con el frío. La preparación de este postre de influencia afroperuana, reúne a casi 20 mujeres que bajo carpas de color rojo, remueven grandes ollas donde no solo la mazamorra es protagonista. El arroz con leche también convoca seguidores.

Como para no aburrirse, mientras se hace un alto para engreír al paladar, un grupo de tres jóvenes y un niño combinan movimientos aeróbicos y rítmicos de break dance. Se ganan la vida girando sobre el piso. Encienden un pequeño equipo de sonido y uno a uno demuestra por turnos sus habilidades, en esta especie de duelo callejero. Jonathan Salazar tiene 20 años y es el mayor del grupo. Practica break dance desde los cuatro años y me cuenta que era adicto a los videos de bailes urbanos.  Cuando baila dice sentirse fuera de este mundo y la sensación que le embarga en ese momento es difícil de explicar”.

Angelo Agurto es el más pequeño de este grupo que lidia cada domingo con los efectivos de Serenazgo, quienes los expulsan en plena demostración de coreografía callejera. El chico de 12 años dice sentirse admirado por la gente que se asombra con cada voltereta, giro o contorsión.

Sigo avanzando en el aglomerado Perú. En medio de una alameda congestionada de la muchedumbre provinciana que deambula sin rumbo y sin horario, donde no se paga entrada ni hay zona VIP.

Un inmortal pintor…

Muy cerca a la fachada posterior de Palacio de Gobierno, esperan sentados cinco pintores, quienes perfilan los retratos de aquellas personas que por 20 nuevos soles esperan inquietos el cuadro que llevarán a casa. Hay a color, en blanco y negro, caricatura, dibujo a cuerpo entero o en plano medio. Finalmente el cliente decide.

Don Manolo cada día espera sentado a un cliente más/Foto:Martín Alvarado (Spacio Libre).
Don Manolo cada día espera sentado a un cliente más / Foto: Martín Alvarado [Spacio Libre]

Acecho por varios minutos el trabajo de uno de los pintores más añejo del grupo de artistas. Él tiñe de color la cartulina blanca, mientras una pareja de enamorados posan para él abrazados al son de un huayno folclórico de Sonia Morales.

Manolo Vera Portocarrero Robles usa un pantalón negro y sus medias de lana de color amarillo se dejan ver para batallar el frío y la humedad del clima limeño. Lleva zapatos negros y pasadores marrones. Un polo al pie, una camisa encima y más encima un chaleco verde entregado por la Municipalidad de Lima como identificación.

Se siente un pintor clásico por eso admira a los pintores clásicos como Rembrandt, Leonardo Da Vinci, Rafael Sanzio, Tintoreto y dentro de los retratistas a Velásquez. Ha retratado y caricaturizado a casi todos los políticos, personajes de la televisión, artistas nacionales e internacionales. En un panel que es su carta de presentación, cambia cada cierto tiempo sus trabajos, para inmovilizar al cliente e invitarlo a tomar asiento.

Su rostro con patillas largas y un espeso bigote refleja a un tipo serio y discreto. Sus viejos anteojos están sujetos a un pedazo de cinta maskin tape y parecen condenados a fenecer muy pronto o quizá, a no morirse jamás.

Tiene 62 años y se dedica a la pintura hace más de 30. Estudió seis años en Bellas Artes y todos los días modela su técnica en cada cuadro que le encomiendan sus clientes. Desde las 3 de la tarde hasta las 10 de la noche que regresa a su casa en Barrios Altos, don Manolo puede pintar de 10 a 15 retratos en días de gran acogida. “Ya estoy acostumbrado al trabajo. Nunca me canso. Cada retrato que hago me motiva más y me canso menos”, expresa.

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La gente muere, las pinturas no, por eso Don Manolo es inmortal / Foto: Martín Alvarado [Spacio Libre]

Me cuenta mientras se mira las manos que se inició desde muy niño. “Desde niño dibujaba me gustaba mucho la pintura a pesar que en la familia ninguno pintaba”. Su especialidad atestigua con seguridad, se ha descentralizado en los retratos, paisajes y pinturas abstractas. “La pintura es una de las más grandes expresiones que existen en el arte. Aquí, el hombre no solo expresa lo que ve, sino lo que siente”.

Cuando no estuvo inscrito en la Municipalidad de Lima como sus otros 12 colegas, trabajaban con la incertidumbre de ser desalojados de cualquier parte del centro histórico. Hoy, desde que formaron la asociación Guillermo Barona, en el gobierno municipal de Alberto Andrade formalizaron su actividad y les fueron designados algunos puntos del Centro Histórico de Lima para trabajar.

Mientras esperamos sentados a su próximo cliente, relata que la inspiración no es constante, “son momentos, ráfagas” me dice y calla por un momento. Regresa otra vez y declara que “hay ráfagas más fuertes y otras más suaves. Son manifestaciones sicológicas que influyen al momento de estampar sus trazos”.

Sus años de experiencia pintando entre la multitud le da licencia para atreverse a reclamar por la cultura y el apoyo que necesitan los artistas. “La pintura en el Perú está creciendo, pero el apoyo de parte de las autoridades es muy lento. No hay un apoyo contundente”.

Dice, como lo han repetido muchos, que la televisión como medio más efectivo, debería influir mediante entrevistas y reportajes. “Los pintores deberían utilizarla para mostrar sus trabajos, exponer sus técnicas. Finalmente nosotros también somos modelo de motivación. La gente nos mira y aprende”.

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A color, en blanco y negro, caricaturas, no hay pintura difícil, el cliente decide / Foto: Martín Alvarado [Spacio Libre]

Una jovencita se acerca para preguntar el precio y se queda varios minutos observando los cuadros de este limeño. Seguimos conversando y sostiene que es difícil vivir del arte, “pero se sobrevive”. Finalmente la muchacha de cabello rubio pintado, toma un banco y se coloca frente a don Manolo. Él, la observa detenidamente y le pregunto qué tan difícil es enfrentarse a una cartulina en blanco. “No hay personajes difíciles. Todos son retos que hay que resolver siempre. Como trabajo en la calle he adquirido cierto dominio para pintar. Hay clientes que se mueven mucho y debo empezar por otras zonas de su cuerpo. Generalmente un cliente que se sienta y no se mueve, empiezo por el contorno, la boca o comisura de los ojos. Lo más difícil de un dibujo es la captación de una persona. El reflejo de su esencia se lo ve en los ojos. Ahí, podemos captar y reconocer su espíritu. Si un artista o un retratista logra captar algo de eso, el retrato sale mucho mejor”. Toma una mota de color piel y golpea su tablero.

Así, avanza delineando cada facción, cada rasgo, cada detalle. Los niños lo miran asombrados y lo siguen para ver de dónde extrae los colores. Está a punto de terminar un retrato más, una historia más de esas tantas que revela en su trabajo diario.

A pesar de los años que carga, tiene pensado proyectar una exposición con nuevas creaciones y opciones pictóricas. “Es una muestra de subconsciente que plasmo en la pintura. Puede ser una cosa extravagante pero sale de mi interior. Es una técnica que estoy tratando de imponer”.

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Don Manolo ya no es más invisible, sus pinturas, su arte merece ser narrado / Foto: Martín Alvarado [Spacio Libre]

Antes de despedirnos, reflexiono e intento entender cuál será el final de los artistas como él. Me dice que el artista nunca tiene un final, que la pintura sobrevive al autor a pesar de estar muerto. Don Manolo filosofa entre sus líneas, entre colores, entre retratos y cuerpos desconocidos.

Seguro a las 10 de la noche, otra vez estará guardando sus cosas en un antiguo maletín. Sus dos tableros, cartulinas, colores, lápices entrarán apiñados uno sobre otro. Don Manolo habrá terminado la jornada, como todos aquellos protagonistas de este recodo de Lima. Donde todos quisieran ir, pero pocos lo conocen.

Descubriendo personajes que son invisibles para muchos / Fotocomposición: Néstor Ruiz [Spacio Libre]
Descubriendo personajes que son invisibles para muchos / Fotocomposición: Néstor Ruiz [Spacio Libre]
Un comentario en «CRÓNICA. #NoSonInvisibles: La alameda del pueblo y un inmortal pintor»

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