Por: Francisco Pérez García
Estuve ayer en una jornada con periodistas, realizada por el Centro Internacional por la Justicia Transicional (ICTJ por sus siglas en inglés), dialogando sobre los procesos de reparaciones, la preservación de la memoria ciudadana y el informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) siete años después de su presentación y en verdad me sirvió para poner en orden algunas ideas y reflexionar que falta en nuestro país para que el tema de derechos humanos, la búsqueda de la verdad y la eterna reconciliación o al menos reconstrucción como país, se lleve a cabo.
Hablamos de muchas cosas, conversamos sobre la realidad de nuestro país luego de la presentación del Informe, y sobre todo, lo que somos, hacemos y aceptamos como realidad de lo que fue y lo que dejó la violencia política que desangró nuestra tierra y a nuestra gente entre los años 1980 al 2000.
Y justo ahí radica la importancia de cómo los peruanos y peruanas aceptamos o no las conclusiones del Informe Final, pero más allá de eso, como deberíamos volver a observarnos como Nación, como país y como PERUANOS luego de estos hechos.
Para muchos, es sabido que el Informe arrojó una cifra de 69 mil víctimas producto del Conflicto Armado Interno (CAI). Los que no revisan, hablan de inmediato y repiten como loros “como que 69 mil, eso es imposible, son cifras infladas, es una estafa, esta CVR quiere asustar” y etcétera, etcétera y etcétera.
Sin embargo, hay que recordar que aparte de las 25 mil víctimas del terrorismo que registran las cifras oficiales, se debe también tomar en cuenta a los desplazados, los sobrevivientes, sus familias, los heridos, los discapacitados, entre otros. No es mi razón aquí tratar de explicar el método estadístico que usó la CVR porque de eso ya otros han hablado, lo que deseo es tratar de mostrar una posición respecto al difícil proceso de reconstrucción de un país, derruido por la violencia.
Cuando se entregó el Informe, se pensó, (pensamos algunos) que era la oportunidad para empezar de nuevo, no hacer un borrón y cuenta nueva (ojo, eso no), sino empezar nuevamente a ver que es lo que ocurrió, revisarlo, analizarlo y sobre todo conocerlo y entenderlo para decidir y priorizar que es lo que no debió hacerse para que esto no vuelva a ocurrir.
Sin embargo, inocentes algunos de nosotros, no nos dimos cuenta (o no quisimos en su momento) que el Informe CVR traía una cola, y bien larga. Una cola política, de efectos altamente nocivos para muchos que estaban implicados en los diversos casos registrados de matanzas y violaciones a los derechos humanos. Implicados tanto por acción como por omisión y ausencia como representantes, en aquel entonces del Estado Peruano.
Es por ello, que hasta ahora desde las instancias del gobierno de Alan García, hay un doble discurso (notorio o subliminal) respecto al tema de derechos humanos. Habría que recordar el año 2007, cuando el presidente viajó hasta Ayacucho para el inicio del programa de Reparaciones Colectivas y mencionó que “este es el primer paso para lo que será muy pronto, el proceso de reparaciones individuales”. ¿Y qué tenemos hasta ahora? Pues muy poco, casi nada con respecto a ese tema.
En materia de doble discurso, el año pasado el Consejo de Reparaciones tuvo que guerrear fuertemente y ponerse faltoso porque le reducían el presupuesto y de esta forma se complicaba el trabajo de incrementar y terminar el Registro Único de Víctimas (RUV) el cual incluye a las personas reconocidas como afectadas por la violencia política y que serán objeto de reparaciones.
Hace unos días, la organización DEMUS presentó un reporte según el cual 146 mujeres víctimas de violencia sexual durante el CAI, ya fallecieron sin haber obtenido justicia ni reparación y va de vuelta la pregunta ¿por qué?
EL doble discurso también se dio, cuando el mismísimo Alan García se opuso a recibir una donación de la cooperación alemana para la construcción de lo que en su momento se llamó el “Museo de la Memoria”. Tuvo que venir un peruano (¿de primera categoría? Para usar el discurso de García pre Bagua) como Mario Vargas Llosa para convencerlo y asegurar que esto se concrete, por lo cual tenemos un terreno abandonado en Miraflores que pronto (esperemos) servirá para la construcción del Lugar de la Memoria.
¿Y qué es la memoria, sino el recuerdo perenne de experiencias propias y cercanas de lo que uno vivió? La memoria es eso, pero también es mucho más. Existe una memoria colectiva, una que no debería ser borrada, ni “reseteada” cual computadora de segunda. Pero eso parece que es lo que altera a Rafael Rey, Aldo Mariátegui, Uri Ben, Luis Giampietri, Carlos Raffo, entre otros, pues sólo basta decir las palabras mágicas «CVR+Reconciliación+Justicia+Reparación+DERECHOS HUMANOS” para que de inmediato empiecen a rasgarse las vestiduras y calificar de terruco para abajo a quien ose mencionar el tema.
Es decir, empiezan a decir cosas como “Para que recordar? Eso es reabrir heridas, mejor matemos a los terrucos que aún quedan, liberen a los “valientes” militares que sirvieron en zonas terroristas, los acusan de violadores a los derechos humanos, estos rojos terroristas….” ¿Sí o no? ¿No se han dado cuenta? Cada mes de agosto cuando el tema CVR vuelve a salir por los medios de siempre (La República, La Primera, algunos blogs, CNR, Canal N y otros más seguramente) de inmediato se activa ese aparataje medio chamuscado que es La Razón, Correo, Expreso, y otros blogs para lanzar barro a montones.
Y es cierto pues, ¿para qué demonios vamos a recordar algo que tanto daño nos hizo? ¿no?. Pues sí hay que recordarlo y deberíamos hacer todo lo posible porque esa memoria colectiva perdure y ¿saben por qué no le interesa a muchos peruanos y peruanas lo que diga la CVR o lo que sea hablar de derechos humanos? PORQUE NO LES PASO A ELLOS.
Osea, como no tenemos ningún hermano que haya estudiado en La Cantuta y haya sido ejecutado, como nuestros papás no eran periodistas que fueron a Uchuraccay, como nuestras esposas o esposos no vivían en Lucanamarca o en la provincia del Santa, como no teníamos un hijo en El Frontón, como no teníamos ninguna hermana presa, violada y desaparecida en el Cuartel Los Cabitos, como no teníamos otro hermano desaparecido en la Universidad Nacional del Centro. Carajo, como no vivimos en la Sierra ni en la Selva no es nuestro problema.
Nunca será nuestro problema, nunca será nuestro sufrimiento porque no nos pasa a nosotros, porque no existe el desaparecido en nuestra casa. Nunca será nuestro dolor ni mucho menos tenemos porque hacerle caso al tema, porque simplemente eso le pasó a ellos a los chunchos, a los serranos, que seguro estaban metidos con los terrucos pues, por eso los mataron, por eso los ejecutaron en Barrios Altos, claro ese niño cholo de 8 años era terruco.
Nos va a pasar como cuando empezó la violencia terrorista. Mientras no reconozcamos que lo que ocurrió entre 1980 y el 2000 pasó en el Perú, mientras no sepamos que esas 69 mil víctimas existieron como personas como seres humanos, que eran tan peruanos y peruanos como nosotros, no “serranos” ni “chunchos”, mientras no nos demos cuenta que no debe existir un Perú “oficial” y el “Otro” Perú… mientras no nos demos verdadera cuenta de eso, jamás podremos hallar la reconciliación que se busca… mientras no exista justicia jamás volveremos a ser un país… Recordar sirve para no cometer los mismos errores y para que nuestros hijos sepan que hubo una época funesta y que deben evitar que eso se de nuevamente…
Mientras exista una brecha social, alimentada por la corrupción y el ego de algunos gobernantes y personajillos con poder, jamás podrá cambiar nada con relación a los derechos (de los seres) humanos.
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