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Caricatura: Mario Molina (El Comercio)

Por: Ricardo Marapi Salas

1) La polarización de los principales actores del conflicto. La empresa minera Yanacocha estuvo callada durante varias semanas y por fin ─luego de dos meses de espera interminable─ confirmó que asumirá el Proyecto Conga. Sin embargo, puso el requisito de que el gobierno garantice las condiciones ─sociales suponemos─ para ejecutar el proyecto. Sin embargo la reaparición de Yanacocha y del empresario minero Roque Benavides, no ha sido la más auspiciosa posible para amainar el conflicto, ya que ha dejado más dudas sobre una posible contaminación y destrucción de las lagunas del proyecto, y que según el peritaje podían, y debían, ser conservadas. Hay una polarización también en las autoridades gubernamentales, tras el inoportuno mensaje a la Nación del presidente Humala, quien insistió en su trillado mensaje: “Conga va”, y tuvo como eco las portadas de varios medios de comunicación ayayeros. Y finalmente la polarización también fue asumida por el gobierno regional de Cajamarca que a pocas horas del anuncio presidencial se reafirmó en el caballito de batalla de los últimos meses: “Conga no va”. Al acentuarse esta polarización política, casi a extremos de lo ideológico, se están cerrando las posibilidades de reiniciar el diálogo. Los actores de este conflicto deben comprender que la política también es el arte de ceder en la negociación. Pero ¿en el caso de Conga existirá entre los actores del conflicto, alguna voluntad de ceder?

2) El error de pretender negociar desde una posición. Obviamente la polarización de posiciones indefectiblemente ha llevado a un callejón que parece sin salida. Y precisamente el error es que la negociación se está realizando desde las posiciones ─ideológicas─ de cada uno y por eso cada una de las partes tiende a encerrarse en dichas posiciones, la cual defienden con uñas y dientes. Mientras Yanacocha, las autoridades gubernamentales y los “pro-mineros” sigan defendiendo de manera cerrada su propia posición, seguirán apegándose aún más a ella, y continuarán considerando las posiciones de sus interlocutores como no-validas. Y viceversa, ya que lo mismo sucede en el caso de Santos, Saavedra y los llamados “antimineros”. La demonización del otro empeora una posible solución del conflicto. Pretender iniciar una negociación o una discusión desde una posición de esa naturaleza no es garantía de éxito. Los cursos básicos sobre negociación aconsejan centrarse en conciliar los intereses antes que las posiciones, como mecanismo para llegar a una solución. Eso significa que ambas partes identifiquen sus propios y el del “otro”, y a partir de allí pensar en la posibilidad de intereses comunes. Pero ¿aún se podrán conciliar intereses en el caso de Conga, o la resolución del conflicto llegará de facto, de manera vertical y con el actor más débil magullado? ¿Qué tan cierta es la caricatura que acompaña a la presente columna?

3) Dejar de pelear antes de conversar. Antes de empezar cualquier proceso de negociación sobre el tema de Conga, las autoridades y los líderes sociales deben resolver el actual paro indefinido que lleva más de un mes. No se puede conversar o negociar mientras haya una protesta de tal magnitud. Y obviamente ese “resolver” no debe ser a la fuerza, ni militarizando ni ampliando el estado de emergencia en la zona, decisiones que lamentablemente ha tomado el gobierno central en los últimos días. Y viceversa. Los líderes de la protesta tampoco deben azuzar a una exacerbación de la violencia, especialmente con la prensa, como los casos registros recientemente. Y la prensa (especialmente la azuzadora y demonizadora de la protesta) también tiene que poner las barbas en remojo. Pero ¿los actores del conflicto ya pasaron un punto de no-retorno en este tema? ¿Todavía tendrán entre manos el manejo del conflicto o la situación ya se desbordó? Una reciente propuesta habla de una posible mediación por parte de algún representante de la iglesia ─católica o evangélica─, o de una universidad, o de la misma Defensoría del Pueblo. Al parecer hemos llegado a un punto en donde los actores por sí solos no pueden construir un proceso de negociación y necesitan un mediador que primero detenga la pelea y luego facilite la resolución del conflicto.

4) Ponerse en lugar del otro. Si anteriormente planteé que no se debe negociar desde posiciones sino más bien desde conciliar los diferentes intereses de cada uno de los actores en conflicto, ¿cómo lograr esto? Es decir, como lograr que ambas partes abandonen las posiciones políticas e ideológicas y las sustituyan por otra forma de asumir el problema. Primero que nada, el gobierno central debe entender ─de una vez por todas─ que las protestas y paros indefinidos no son producto de una manipulación, sino que existe una real insatisfacción en la población cajamarquina. Los líderes de la protesta también de dejar de dar inoportunas declaraciones sobre vacancia presidencial, que no ayudan para nada a fomentar el diálogo. A pesar que el propio Roque Benavides haya dicho que no le gusta o que no cree en el tema de la “licencia social”, las autoridades gubernamentales saben que es crucial conseguir ─por lo menos─ la tolerancia de la población respecto al proyecto. De lo contrario Conga puede convertirse en un conflicto sempiterno, en una especie de Vietnam irresoluto ─políticamente hablando─ para el gobierno de Humala. Y ya sabemos cómo acabó eso. Y viceversa. Los líderes cajamarquinos de la protesta también deben ponerse en el lugar de las autoridades gubernamentales, presionados por la derecha económica y porque están temerosos no solo de perder los ingresos económicos si no se ejecuta este polémico proyecto minero, sino también de mostrarse débiles ante el país, en vivo y en directo y a todo color. Los dirigentes deberían preguntarse: ¿Es Conga no va? ¿O realmente es Conga no va con Yanacocha? Aquí no estamos hablando sobre el otro debate más estructural, es decir los vicios del modelo extractivista o si la minería es viable o no en Cajamarca. Eso es escucharse todo un longplay y no solo la simple canción (disculpando la metáfora vintage), que significaría una voluntad política del gobierno central de discutir el modelo económico, una cuestión fuera de toda posibilidad para los sectores de derecha que manejan el timón actualmente. Difíciles tiempos para la palabra diálogo en nuestro país.

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