
El aprendizaje y la enseñanza de la historia durante la educación escolar constituyen temas de reflexión permanente debido a su importancia en el desarrollo de la conciencia histórica y la formación ciudadana. Sin embargo, las dos disciplinas que intervienen en este complejo proceso, la historia y la educación, parecen avanzar por trayectorias intelectuales paralelas y, en algunos momentos, incluso divergentes.
Precisamente, buena parte de las debilidades actuales del aprendizaje de la historia en la escuela tiene que ver con este distanciamiento entre historia y educación. Si bien las razones de esa situación en el Perú son diversas, aquí se comenta solo una de ellas: la “imagen” que los historiadores tienen de la educación y viceversa.
De un lado, tenemos que los historiadores perciben a la educación como una disciplina que en las últimas décadas, en primer lugar, habría sobrevalorado los aspectos metodológicos, flexibilizando negativamente el rigor de la forma como se enseñan los contenidos científicos. En segundo lugar, la educación habría elaborado toda una serie de términos, como “áreas curriculares” o “competencias”, por mencionar dos ejemplos, lo cual ha complejizado innecesariamente lo que debería ser la “simple y rigurosa” enseñanza de la historia.
Por su lado, los educadores también tienen su propia “imagen” de la disciplina histórica. En esa percepción, paradójicamente, la historia sería también la responsable de la elaboración de una innecesaria trama conceptual con términos tales, por ejemplo, como “estructura” o “cultura política”, que por su alta complejidad dificultarían el aprendizaje de la historia entre niños y adolescentes. Además, la historia habría dejado de lado la siempre comprensible narración histórica, caracterizada por una fluida y lineal progresión de hechos, asumiendo, en su lugar en las últimas décadas, un discurso más analítico tratando de abarcar diversas dimensiones sociales (política, economía, etc.); característica que la haría excesivamente compleja para la enseñanza escolar.
Si bien estas “imágenes” recíprocas entre historia y educación contienen mucho de cierto, sin embargo, lo que mutuamente se desconocen son tanto las razones, como la naturaleza de esos cambios que se han operado al interior de ambas disciplinas. Historia y educación en las últimas décadas han pasado por un proceso de modernización que responde, fundamentalmente, al intento de explicar de una forma más integral sus respectivos objetos de estudio y, en el caso particular de la educación, de lograr una incidencia más efectiva en los procesos formativos de los estudiantes.
De esta suerte, tenemos que en el caso de la historia, por mencionar un ejemplo, la incorporación de conceptos como “coyuntura” o “estructura”, no es solo un refinamiento académico; se hace fundamentalmente, como los historiadores saben, para poder distinguir diferentes niveles de análisis en los procesos históricos. Igualmente, en el caso de la educación, se puede mencionar como muestra que la organización de la enseñanza de la historia en un “área curricular” y no en un curso o asignatura, no busca dejar de lado “el rigor de la secuencia histórica”, sino que responde primordialmente a la necesidad de asumir un enfoque más integral de la enseñanza, centrada en los procesos de aprendizaje de los estudiantes.
Ahora, si bien el desconocimiento mutuo entre historiadores y educadores no es total al interior de ambas comunidades profesionales, constituye una tendencia conforme cada una de esas disciplinas van complejizando sus teorías, enfoques, conceptos y metodologías.
Retos para disminuir esa distancia entre historia y educación hay muchos. Por mencionar uno y solo para el caso de los historiadores y siguiendo a Charles Walker, quien en su libro Diálogos con el Perú, reflexiona sobre, ¿por qué razón la moderna historia académica peruana no ha logrado insertarse plenamente en el ámbito escolar? Al respecto el historiador norteamericano señala que una razón ha sido lo complejo que es tratar de elaborar una síntesis histórica que logre incorporar las más recientes investigaciones producidas por mundo académico.
Así, el reto para la comunidad de historiadores radicaría, fundamentalmente, en cómo hacer para integrar en un discurso coherente y comprensible para el mundo escolar a tantos y tan diversos actores (mujeres, esclavos, campesinos, élites, etc.), dimensiones sociales (política, cultura, mentalidad, vida cotidiana, etc.), niveles de análisis (estructura, coyuntura, acontecimiento) y ámbitos (mundial, nacional, regional, local, familiar, personal); todos los deben ser tomados en cuenta para comprender el proceso histórico peruano.
Aquella, entre otras, es una tarea pendiente para los historiadores. ¿O tal vez será una tarea para los educadores?
