Compartir
Foto: Internet

Por: Susana Chavez (Promsex)

Vivimos en una época en que gozar del avance científico, debería ser parte de nuestra vida cotidiana y la tecnología existente debería hacerlo posible. Sin embargo, junto con los avances, también hay una “pseudociencia”, que nos invade y que hace miserable la vida de muchas personas, tal como ocurre con las llamadas “terapia de reorientación sexual” o “terapias reparativas de la homosexualidad”.

Estas terapias, según sus promotores, muy vinculados a organizaciones católicas y evangélicas, tienen como finalidad el “cambio” de la orientación sexual, en el sentido -desde su propia perspectiva- de corregir lo que ellos denominan una “desviación” o “anormalidad” y así convertir a personas homosexuales y/o con distinta identidad de género, en heterosexuales, única condición aceptable, después de la castidad. Para ello, suelen involucrar como “reparadores” a ex gays, ex lesbianas o ex trans, que se declaran arrepentidos por sus “pecados” y que al reencontrarse con Dios (como si algo tuviera que ver), se dedican a “salvar” a quienes ni siquiera saben que tienen que ser “salvados”.

Es así, como personas con orientación sexual o identidad de género diferente al de la mayoría, terminan siendo tratados no solo como personas enfermas, sino como discapacitadas absolutas, más aun cuando se trata de adolescentes. Pues en la mayoría de los casos, el objetivo de estos autodenominados “centros de reparación” no son los gays, lesbianas o trans, sino sus padres, hermanos o tutores, que aprovechándose de la ignorancia y desinformación que estos tienen, les ofrecen este tipo de “curas”.

De esta manera, familiares preocupados y temerosos por la homosexualidad de sus hijos, someten a prácticas que incluyen entre otros, la presión emocional, la sugestión, el encierro forzado y en casos más extremos la violencia física e incluso la violación sexual.

Actualmente no solo se tienen evidencias de la inutilidad de estas prácticas, hay también un amplio consenso científico y profesional, incluyendo la OMS, que la homosexualidad no es una enfermedad, razón por la cual, desde los años 70 ha sido excluida de la lista de patologías y muy al contrario de lo que sus impulsores señalan, estas “terapias” son muy dañinas, debido al sufrimiento que originan y porque atentan contra el libre desenvolvimiento y la propia manera de ser de cada uno, de allí que recomienden su erradicación. Pues se sabe que quienes se someten a este tipo de “terapias” (especialmente adolescentes o mujeres, que son conminados a participar de estas prácticas “reparativas”), tienen muy altas probabilidades de sufrir depresión y tendencias suicidas.

Afortunadamente este tipo de “intervenciones” no han tenido mucho éxito en el Perú, pero eso no nos libra del peligro latente, debido al poder que tienen sus principales impulsores, como es el caso de la jerarquía católica y evangélica (y algunos congresistas¡¡), por lo que en aras del buen vivir deberíamos exigir su erradicación, dado que solo sirve para fomentar el odio, prejuicio y discriminación y de eso, ya tenemos bastante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

trece − 12 =