Compartir
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
Foto: Celeste Cosquillo (Independiente para Spacio Libre)

Por: Martín Alvarado / @alvarcor  [Colaborador desde Concepción, Chile]
[Colaboradores: Francisco Campos / Belén Muñoz / Celeste Cosquillo]

3:34 a.m. del 27 de febrero de 2010. Chile tiembla y el espanto se apodera. La sacudida vuelve una y otra vez. Mireya Soto lo ha perdido todo, casi hasta su vida. Sus vecinos soportan el frío, el hambre y la angustia los aflige.

Han pasado cuatro días y soportar las réplicas ha sido un reto. Su vivienda en San Pedro de la Paz ha quedado reducida a escombros y la retirada es inminente. Ella y cinco familias más marchan para Concepción. Un descampado espera por ellos.

Es viernes y el cielo está gris. Una  llovizna desciende sobre las calles de Concepción y en el Campamento La Tranquilidad, cercano al río Bío Bío, el humo escapa por las chimeneas de las precarias viviendas que han resistido el hostil clima penquista.

Desde el puente Llacolén, banderas blancas y verdes flamean sobre las casas. Caminamos lento para pasar inadvertidos. Armstrong y Ortiz nos reciben sonrientes al ingreso del campamento estampados en dos grandes paneles de publicidad política. “Un canasto de comida es el precio de cada bandera”, confiesa un vecino.

En Blanco Norte, la única calle del campamento, la soledad se ha apoderado de quienes la habitan. Los ladridos de los perros advierten que hay vida. Un adhesivo en la puerta de una vivienda amenaza con la presencia de perros pitbull. En ´La Tranquilidad´, la seguridad es ficción y sobrevive el más rudo.

Un gigante asoma a doscientos metros. El Mall Mirador Bío Bío, amplio centro comercial, que significó una inversión de 85 millones de dólares luce un moderno diseño dotado de 60 tiendas especializadas y  un gran patio de comidas que se observa por el vidrio desde el campamento. El contraste de ambas realidades en una fotografía.

Las viviendas construidas con restos de madera y cajas de cartón, evidencian la pobreza en su máxima expresión. Al interior las goteras de agua que traspasan los techos endebles, se convierten en una amenaza para los niños y niñas.

El agua también hace falta. Su distribución depende de un vecino, a quien hay que pagarle a diario y con quien conviene llevar una relación amena antes de arriesgar la ausencia de este vital recurso.

Foto: Celeste Cosquillo (Independiente para Spacio Libre)

Aquí no solo hay que lidiar por el agua y la luz. Las 18 familias no cuentan con un baño y las condiciones de vida se hacen aún más precarias.  En medio del nauseabundo olor, los hijos de La Tranquilidad parecen haberse acostumbrado. Casi ni se inmutan.

Las oscuras noches se alumbran con lámparas y velas en el campamento, mientras que a unos metros el Mall Mirador Bío Bío de 40 mil metros cuadrados, inaugurado en agosto de 2012, luce los luminosos letreros de publicidad.

Doña Mire, como la conocen sus vecinos, nos recibe dudosa y asienta con la mirada ante nuestra presencia. Afuera es de día, sin embargo en la casa de Mireya Soto parece haber caído la noche. La luz  apenas se abre paso por una ventana de plástico y en el ambiente, un hedor advierte la presencia de animales.

Un escuálido gato ronronea sobre los viejos sillones rojos. Salvador, el perro sin cola de color negro, que se ha salvado de morir envenenado más de dos veces se acurruca a los pies de su dueña. Sobre la mesa, las moscas pasean de un plato a otro entre los restos de comida que quedaron de la noche anterior.

Cierra la puerta de la cocina y de su habitación para camuflar su realidad. Habla lento y en voz baja. Los nervios la dominan, tartamudea y confiesa que tiene miedo. Hace unas semanas renunció al cargo de expresidenta del Comité de Vecinos, título que ostentaba desde el 25 de mayo de 2010. “Me cansé del conformismo de la gente. Mi cargo no tiene sentido. Su hipocresía me ha hecho daño y cuando no sientes el apoyo de los vecinos una no puede remar sola contra la corriente”, dice mientras empuña su mano izquierda y golpea la mesa.

Le preocupan las sucesivas discusiones con sus vecinos y las amenazas que recibe de la nueva junta directiva le caen como pedradas, cada vez que sale de la casa. “Prefiero ignorarlos”, dice y dándose un respiro mira hacia el techo para no dejar caer esas lágrimas que inundan sus ojos. Es inevitable, una tras otra empiezan a rodar.

Desde la construcción del Mall Mirador Bio Bio, los habitantes del campamento viven en suspenso por temor a ser desalojados. Para Doña Mire las reuniones con representantes del Servicio de Vivienda y Urbanismo (Serviu) han fracasado. “Ya no confío en esta institución; se dice una cosa, luego otra y al final no hacen nada por nosotros. Hace mucho nos dijeron que se iban a entregar departamentos entre Pratt y Rodríguez, seguimos esperando”.

Ha postulado tres veces a un subsidio, pero ha superado los puntajes que se exigen. Cuenta que no tiene luz, sin embargo le pido que apague el televisor mientras conversamos. Dice que no hay dinero para comer, pero tiene señal de cable. Para el Serviu ninguna de estas familias pertenecen al catastro de campamentos.

Felipe Kast, delegado presidencial de Aldeas y Campamentos, asegura lo contrario y dice que este campamento junto a otros 60 más son prioridad para el Gobierno. Patricio Kuhn, alcalde de Concepción, habla de coordinaciones con el Serviu mientras esta entidad registra solo a una familia con subsidio asignado de adquisición de vivienda adquirida. El resto sigue a la espera de soluciones, o a lo menos alternativas y orientación.

Foto: Celeste Cosquillo (Independiente para Spacio Libre)

Quienes sí han llegado, asegura Mire, son los jóvenes de la Fundación Un techo para Chile. Colaboraron con asesorías y visitas en algunas viviendas durante varias semanas, pero “Nosotros queremos un lugar para vivir, un lugar donde estar tranquilos, las palabras sobran”.

El Serviu en el último comunicado enviado a los vecinos de La Tranquilidad prohibió el ingreso de más gente al campamento, pero según cuentan algunos la cifra sigue aumentando. “Mucha gente que ha llegado hasta esta parte tiene dónde vivir, pero ante la promesa del Gobierno se aprovechan de la situación y exigen que no se les entregue un departamento pequeño, sino una casa”, reclama Claudia, vecina del 243.

Dar la dirección de dónde viven es un punto en contra al momento de pedir trabajo. “Unos preguntan ¿Ese lugar existe? ¿Vives en el campamento?”. Después de haber tocado las puertas del Mall, se han sentido discriminados. “El centro comercial no ha sido capaz de dar trabajo a ninguna persona de este lugar. Es elitista y nos discriminan solo por venir de este sector”, cuenta Mario, mientras recoge las frutas que han caído de su bicicleta.

Entre lágrimas y reclamos, aprovecho para preguntarle a Doña Mire cuántos jóvenes del campamento estudian. Se mira los dedos para contar y rápido levanta la cabeza para decir que solo tres, entre ellos uno de sus hijos. “La mayoría se dedica a hacer cachuelitos en los mercados o en alguna obra pública, y los otros…”, se queda en silencio y encoge los hombros. Prefiere no hablar.

¿Roban?, le pregunto. Dice que sí. “No solo roban. Los fines de semana es tierra de nadie. La droga se vende como pan caliente. Hay que cuidar la casa de día o de noche. Aquí se roban entre uno y otro. La consigna es no decir nada. Es una especie de venganza. Mis perros pitbull espantan un poco a los delincuentes, pero ya he perdido dos que fueron asesinados”.

Doña Mire y sus vecinos seguirán esperando la vivienda que reclaman. El Serviu y otras autoridades seguirán pensando que hacer con ellos. A los accionistas del Mall les afecta su presencia. En este enredo de habitantes y autoridades, Mire dice que hay que tener paciencia. “Qué más podemos hacer, somos los excluidos de Concepción”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

14 + cuatro =