
A fines de los 80’, cuando los senderistas creían que habían alcanzado su tan pregonado equilibrio estratégico comenzaron a salir con el rostro descubierto. Para ellos, su destino era sí o sí la victoria. Los terroristas de Sendero Luminoso estaban seguros de que la sociedad peruana, las instituciones como el Poder judicial, la Policía Nacional y la Fuerza Armada habían fracasado en combatirlos y no podría detener su marcha inexorable al poder.
Cuando el senderismo se mostró en público, ya no en el monte, ni en los lugares alejados del Ande, sino en las grandes ciudades y en la capital de la República, lo hizo con la arrogancia del ganador, con el desprecio del poderoso y con el ninguneo a todos los que no rendían culto a Abimael Guzmán Reynoso. Creían que el temor que infundían era suficiente para ser atendidos, seguidos, adorados. Hicieron del miedo su arma más poderosa.
La izquierda legal, para ellos era el montón colosal de basura, la peor escoria de la sociedad, la que vendía gato por liebre a los pobres del Perú. El Apra, además de “búfalos”, era lo peor que la sociedad peruana había producido. La derecha más conservadora era la opresión encarnada en partidos como el PPC y Acción Popular. En cuanto a la vida, para los senderistas no había distinción alguna, todo el que no pensaba como ellos, de izquierda o de derecha, había que exterminarlo. Alguna vez Abimael Guzmán diría que solo necesitaba un millón de peruanos para reconstruir el Perú, hablaba del año cero, es decir, que todo lo anterior había que desparecerlo por inservible para lo que él consideraba la construcción de la república de nueva democracia.
Posturas como la de los senderistas solo se explican por el carácter mesiánico y dogmático de su militancia política. El culto al líder era, y es, obligatorio y necesario, además de supervisado por los mandos medios del senderismo, lo que no daba la posibilidad a su militancia de la discrepancia con el líder, sus pensamientos y órdenes. Discrepar con el presidente Gonzalo llevaba al destierro, en el mejor de los casos, o inexorablemente a la muerte.
Cuando hoy se charla con un senderista se puede ver que no ha cambiado nada. Sigue rindiendo culto al líder terrorista. Sigue creyendo que la única verdad en el mundo proviene de la palabra de Abimael, aunque esté recluido en la base naval. Sigue creyendo que la izquierda legal, los partidos tradicionales y el Apra son basura, sigue justificando sus matanzas a campesinos inocentes, a niños y mujeres, sus cochebombas, su terror, pero descaradamente hablan de acuerdo de paz y de reconciliación nacional.
Ironías de la historia, cuando aparece en el escenario político Alberto Fujimori y Cambio 90, la mayoría de los peruanos los ignoró. El chinito solo quería ser senador (por entonces se podía candidatear a la presidencia de la república y al senado), luego de haber sido rector en la Agraria y presidente de la Asamblea Nacional de Rectores. Los grandes medios seguían a Mario Vargas Llosa, candidato del Fredemo, a Luis Alva Castro, del Apra, a Henry Pease, de Izquierda Unida y a Alfonso Barrantes, de una facción de la izquierda.
Fujimori se mostraba temeroso, austero, inexperto, humilde, querendón con su familia. En una entrevista dijo que había vendido una propiedad para comprar el tractor de su campaña pues no tenía apoyo de nadie. Luego vino su crecimiento electoral impresionante y su triunfo, en segunda vuelta, sobre Vargas Llosa.
En realidad, como la mayoría de mandatarios, comenzó prometiendo mucho pero actuando con cautela. Para mediados del 90 el chinito era la esperanza de la mayoría de peruanos, era como la mayoría que había sobrevivido a duras penas el último quinquenio aprista. En realidad, había una cara oculta en esa sonrisa fingida del chinito japonés. Había eso yo que le salió después del 5 de abril del 92, pero no solo a él, también a toda su cohorte.
El Fujimori del 5 de abril ya no era el chinito menesteroso que apenas sabía hablar. Se mostró pedante, soberbio, imponente, probablemente por la seguridad que le daba el saber de que con su socio Montesinos ya tenían controlado todo para hacer del país lo que les viniera en gana. Cerró el Congreso y sacó a los comechados del Parlamento, gente improductiva, burócrata. Neutralizó a los medios y después los compró. Intervino los poderes del Estado y con ello tomó el control total del país. Dictó medidas económicas para encaminar el Perú, medidas que no hubieran sido posibles con los diputados y senadores de entonces que obstaculizan su trabajo eficiente. Luego vino la captura de Abimael Guzmán y bingo, le vendió a la población la idea de que su trabajo era perfecto, que había logrado sacar a los ociosos, a los políticos tradicionales que nunca hicieron nada por el país del Congreso, insertó al país en el mundo globalizado y acabó con el terrorismo. No podría haber mejor presidente del Perú que Alberto Kenya Fujimori Fujimori.
Sus victorias pírricas y disfrazadas de eficiencia mostraron a un Fujimori soberbio, extasiado de poder, omnipresente. Su equipo de respaldo, Montesinos, los medios de comunicación, sus seguidores, sus incondicionales, la Fuerza Armada, la Policía Nacional, el Poder Judicial, el Congreso, y casi todos los organismos del Estado copados por el fujimontesinismo hicieron que su palabra sea ley divina. Nada de lo que tímidamente cuestionara su gestión fue tomada en cuenta, o era aplastada inmediatamente por empresas eficientes como el Grupo Colina, La Sunat, los medios, Laura Bozo, la prensa chicha o por los cómicos ambulantes y las vírgenes que lloran. Tenía el poder para hacer y decir lo que le viniera en gana.
Al final, los terroristas de Sendero Luminoso y los militantes del fujimorismo se parecen más de lo que se dice…


Mejor forma de describir ambos grupos no hay.
Excelente comparación, en el fondo son la misma visión de terror a mano armada…