
Fernando Lugo, presidente paraguayo y ex obispo tuvo que aceptar ser padre de varios hijos concebidos en su época eclesiástica. En la víspera el padre Alberto, conocido y medático sacerdote del paraíso terrenal playero que es Miami, fue descubierto en situaciones nada santas con una señorita, que suponemos, debió ser una persistente feligresa de su congregación.
Durante años, los casos de sacerdotes con descendencia o acusados de haber satisfecho sus ¿bajas? pasiones con una que otra seguidora de la grey que los acompaña domingo a domingo en las misas que acercan a los cristianos más hacia el Señor, aunque para algunos representantes del clero estas fiestas de guardar, los acerquen a ellos un poco (mucho) más a las cristianas, sobre todo, se han dado desde siempre.
Algún tiempo atrás, discutía con unos colegas de trabajo y entre ellos un laico consagrado, sobre la importancia y trascendencia del celibato en la vida sacerdotal, e insistía en poner siempre como ejemplo, la decisión de otras religiones cristianas de permitir a los pastores tener familia, es decir una esposa que les diera la posibilidad de satisfacer, lo que todo hombre y mujer tienen por naturaleza, que es el instinto sexual.
De más está decir, que la discusión nos llevó a caminos interesantes sobre el ¿por qué? y ¿para qué? un cura debería tener la posibilidad de, digámoslo de una vez con todas sus letras, mantener relaciones sexuales como parte de su vida diaria y así evitar aquello que reza «lo prohibido es mejor».
En mi caso, estoy totalmente de acuerdo, con que el Vaticano, ponga sobre la mesa, de una vez por todas, la discusión del celibato y la posibilidad de dejar ese «voto de castidad» como una alternativa de vida y no como un requisito indispensable para colocarse una sotana y llevar la palabra de Dios.
Mi teoría, y tal vez sea equivocada, es que si los curas llevasen una vida sexual no estarían escondiéndose para mantener relaciones, podrían llevar una vida con familia o pareja y evitar estos escándalos que dejan, cada vez más, mal parada a la institución religiosa que es la Iglesia Católica.
Es sabido, por historia que en la edad antigua y media, los obispos tenían mujeres, mantenían relaciones sexuales y más. Hoy se conocen los casos de Lugo y del padre Alberto y tal vez hay más, que incluso se inclinan por lo enfermizo como es la pedofilia, y es que la castidad obligatoria y la represión sexual puede salirse por cualquier vía, no necesariamente las «naturales».
Mi amigo, el laico, me comentaba «pero es que el oficio del sacerdocio requiere disponibilidad 100%, total dedicación y sobre todo nada de perturbaciones para poder guiar a la comunidad». De inmediato repliqué, que igual se podría hacer una labor efectiva, más aun conociendo «en carne propia» los requerimientos y satisfacciones del cuerpo y el alma y eso nos libraría en verdad, de estos escándalos y aquellos hijos de curas, que son negados hasta el hartazgo y encima estigmatizados con la etiqueta del «bastardo».
Sino, seguiremos en lo mismo, en la misma hipocresía de siempre…hablar de pureza, castidad y servicio a la comunidad, mientras estos señores se satisfacen a escondidas… como decían las abuelas: «comer santos y defecar diablos»
Ya es hora de que la gente entienda que las «bajas» pasiones, son una cuestión natural. Lo que sí debió hacer el padre Alberto, y el mismo Sr. Lugo, es conocerse a sí mismos para ver si podían volverse antinaturales por un período indeterminado. Es decir, haber leído bien el contrato, y sobre todo las letras chicas, ésas que dicen: «se tolera bien el sexo, pero no el escándalo».
Saludos a Francisco Perez García.