
A inicios de marzo del presente año, la Comisión de Educación, Juventud y Deporte del Congreso de la República, aprobó el proyecto de ley que crea el Colegio de Historiadores del Perú. ¿Qué cosas plantea el mencionado proyecto? Varias: obligación de la licenciatura para el ejercicio profesional, defensa gremial, fomento de espacios laborales y académicos, iniciativa legislativa, opinión colectiva en temas de relevancia, etc. Aspectos seguramente debatibles, con opiniones a favor o en contra. Sin embargo, uno de los puntos más críticos se encuentra en el artículo 4, inciso 1, donde se señala que el colegio deberá: “Velar por el correcto ejercicio de la profesión de sus miembros, dentro de los criterios éticos, de libertad, legalidad y de interés público”.
Definir cuál es “el correcto ejercicio de la profesión” es algo peligroso, sobre todo, si se vincula al “interés público”. Muchas veces el conocimiento generado por los historiadores y las opiniones vertidas por ellos, no necesariamente sintonizan con las necesidades e intereses de la sociedad. La trayectoria de la historiografía peruana presenta varios ejemplos al respecto. Por mencionar solo un caso, a inicios de los años setenta, sectores conservadores exigieron que se le quitara la nacionalidad al historiador Heraclio Bonilla, por afirmar que la independencia fue concedida por fuerzas extranjeras y no ganada por los peruanos, tal como desde el siglo XIX los historiadores “nacionalistas y patriotas” afirmaban.
¿Quién decidirá si el análisis histórico desde un enfoque marxista contraviene el ejercicio correcto de la profesión? ¿Bajo qué criterios se evaluará si hablar de “guerreros civilizadores” -para referirse a la idea predominante en el frente interno chileno durante la Guerra contra Perú y Bolivia- no solo es un oxímoron, sino un concepto que violenta la visión peruana de la historia? Definitivamente, no debería ser un colegio profesional. La historia, en la medida que es una ciencia, tiene sus propios mecanismos para ir decantando aquellos conocimientos que no cumplen con los estándares de calidad. Críticas, reseñas, debates, sistemas de referato, entre otros, como en toda disciplina moderna, permiten ir dejando atrás de forma total o parcial, aquellas publicaciones que no son rigurosas y coherentes con las fuentes, las técnicas, los métodos y los marcos conceptuales empleados.
Si ya la comunidad académica de historiadores tiene sus propios mecanismos con los que trata de asegurar la calidad de la producción historiográfica: ¿qué busca la creación del colegio? Tal vez, solo se persigue fortalecer un gremio profesional que es percibido como pequeño y aislado. De alguna manera, así lo ha expresado el congresista Gustavo Rondón, principal impulsor del proyecto. O, quizás, el proyecto busca viabilizar una organización mediante la cual los historiadores puedan ser confinados al ámbito de lo “políticamente correcto”.
Ante todo esto, hubiese sido interesante mencionar que la comunidad de historiadores se ha visto conmocionada, pero en realidad esto no ha ocurrido. Salvo un artículo de Antonio Zapata publicado en La República y los diversos posts que Jorge Moreno y José Ragas han difundido por las redes sociales, la colectividad de profesionales de la historia no se ha inmutado ante el mencionado proyecto. Tampoco se ha hecho público algún pronunciamiento por parte de nuestros más connotados historiadores y, menos aún una palabra de alguna autoridad de las ocho universidades que forman profesionalmente historiadores. Esta situación una vez más evidencia una de las particularidades de la profesión de historiador en el Perú: su marginalidad.
Es en este punto, resulta interesante traer a colación la columna titulada “El gremio machete” de Juan Manuel Robles, publicada a raíz de la batahola generada por el artículo de Iván Thays sobre la comida peruana. Dice Robles que entre cocineros y literatos hay una gran diferencia. Mientras los primeros trabajan como colectivo tras una visión común y olvidan su naturales tensiones; los literatos hacen todo lo contrario. Si tratáramos de comparar a los historiadores con los cocineros peruanos, ¿a qué conclusiones llegaríamos? Definitivamente, tendríamos que decir que los historiadores se parecen muy poco a los cocineros. Acaso comparten alguna que otra cosa, como por ejemplo, cada grupo posee una larga y rica tradición: grandes libros de historia peruana son la contraparte de los más representativos platos de la culinaria nacional. Sin embargo, son más las diferencias. Los historiadores no han alcanzado el impacto social de los cocineros, no poseen una visión de grupo y su institucionalidad es muy frágil. En fin, por un lado, hay mucho talento y, por otro, muchas debilidades entre los estudiosos del pasado.
Tal vez, nos faltan los equivalentes de Gastón, Mistura, las decenas de restaurantes y los programas televisivos. Aun así, probablemente el futuro nos depare alguna grata sorpresa, aunque esta es poco probable que provenga del lado del Colegio de Historiadores.
