Una reminiscencia apocalíptica que invade nuestra libertad. Han pasado 15 años desde que – un 19 de noviembre del 2000 – el dictador, Alberto Fujimori, le ponía fin a un legado opresor burlándose del pueblo peruano al renunciar a su cargo presidencial vía fax, desde Tokio, Japón. Una de las cobardías más resonantes de los últimos años, vuelve a tocar la puerta del recuerdo y nos traslada al final de los fatídicos momentos que viviríamos en los 90’ y en el comienzo del nuevo milenio.

Por Tony Tafur
@TonyTafur
Tras escaparse del país bajo el sustento de apersonarse a la Cumbe APEC que se iba a desarrollar en Brunei, para luego dirigirse a la Cumbre Iberoamericana en Panamá. Sin embargo, su transición cambio su destino al continente asiático para maniobrar el envío del documento al despacho del extinto Valentín Paniagua, presidente del Congreso de la República – en ese entonces -, donde indicaba el desligamiento y cese total de su función como Mandatario del Perú. Ante ello, el congreso denegó rotundamente su petición y lo, inhabilitaron, instantáneamente, del cargo público por una certera ‘incapacidad moral’.
Todo estaba planificado, pues, el 7 de noviembre pidió, íntimamente, el traslado de unas maletas que enclaustraban las canalladas que perpetró con su exasesor Vladimiro Montesinos, los famosos ‘vladivideos’, por medio el Grupo Aéreo N°8 de las Fuerzas Aéreas.
Eran tiempos de tensiones, de convulsión social. Las suspicacias que la opinión pública proliferaba con relación a la mitomanía, los atentados, los atropellos, los ataques – de forma intelectual o directa – que predicaba el dictador se evidenciaban en su huida.

Esta semana se recordó ese día como el fin de uno de los gobiernos dictatoriales en el Perú, lleno de matanzas, secuestros y asesinatos. Por ello, cuando fue extraditado de Chile el 2007, siguió un proceso por crímenes de lesa humanidad por el cual fue condenado a 25 años de prisión. Además de otras sentencias por corrupción, robo, peculado en agravio al Estado. Sin duda, no es un buen día para su heredera, Keiko Fujimori, quien aparentemente insiste en alejarse del dudoso legado de su padre.
