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(*) Carlos E. Flores
A un mes de realizarse el referéndum aprobatorio del Proyecto Constitucional del Ecuador, las aguas por el sí y el no se agitan. Los cuatro de 444 parecen una nueva legión de jinetes apocalípticos o la recomendación del capítulo y versículo de algún libro bíblico. La alusión numérica se refiere a los 444 artículos que componen el Proyecto de Nueva Constitución de Ecuador y los cuatro artículos cuestionados por la Conferencia Episcopal. Para manifestar su actitud política emplean el púlpito y los medios de comunicación masivos, sosteniendo sus argumentos en los documentos de la Doctrina Social de la Iglesia.

Si la Iglesia debería participar o no en temas políticos suena a debate pírrico. La Iglesia es un actor social y como tal emite opinión. Los documentos de la Iglesia, además, refieren que no pueden quedarse al margen de los “hechos de nuestros tiempos”. El Concilio Vaticano II dice que la Iglesia debe «…enseñar su doctrina sobre la sociedad y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona…». Es más, la historia de la iglesia y su mismo accionar nos revela que hay sacerdotes con tendencia progresista apoyados en la “Teología de la Liberación”, algunos con tonos más intensos en convicción, o más “rojos” según lo juzguen algunos conservadores. En resumen, como actor social, la Iglesia, en efecto, tiene una actitud política.

Sin embargo, hay dos aspectos a considerar: uno, la honestidad de sus argumentos y segundo, la coherencia para aplicar los documentos de la Iglesia. La Iglesia señala que el Proyecto de Nueva Constitución es estatista, que no se reconoce claramente el derecho a la vida desde la concepción, que se atenta contra la familia al equipararla con la unión de personas del mismo sexo y que en la educación es más patente aún el estatismo.

Que se sepa no atenta contra la dignidad de las personas el carácter estatista de un país, salvo que éste oprima las libertades y desatienda los derechos, cosa que no sucede con este proyecto constitucional que declara ser un Estado Constitucional de Derechos, es decir, que tiene como fin el cumplimiento estricto de los derechos, que sean de aplicación inmediata.

Quizá el argumento innegociable de la curia sea la defensa del derecho a la vida desde la concepción, cosa que sorprende porque este proyecto de Carta Magna la defiende y garantiza. Tal vez, el argumento de la Iglesia confunde los derechos sexuales y reproductivos con el aborto. Hasta aquí hay fuertes razones para afirmar que los argumentos de la Iglesia tienen una carga más bien ideológica.

Como actor social tiene el derecho de expresar posturas, pero también a exigirle una actitud coherente. Desafortunadamente la Iglesia no ha sido un actor sincero en asuntos de “orden político” cuando se violaban los derechos fundamentales de las personas. La Iglesia no tuvo el mismo ímpetu cuando Chevron Texaco dejó toneladas de tóxicos donde inclusive dos comunidades indígenas desaparecieron por el alto grado de contaminación que aún persiste en el oriente ecuatoriano.

Hoy hay una demanda contra la transnacional que las y los pobladores la llaman “El Juicio del Siglo”. Tampoco la Iglesia tuvo suficiente convicción cuando Ecuador vivió el “feriado bancario” y miles de familias vieron sus ahorros esfumarse. La alta jerarquía de la Iglesia no tuvo ese apasionamiento cuando se diseñó y aprobó la Constitución del 98, cuya Asamblea Constituyente trabajó el texto en los cuarteles, a puerta cerrada, sin recoger la opinión de las organizaciones sociales.

Da la impresión de que la Iglesia ecuatoriana fuera un actor dudoso y que se contrapone a los principios de Monseñor Leonidas Proaño, el Obispo de los Pobres en la provincia del Chimborazo, cuya memoria se recordará en estos días.

Cuando la Conferencia Episcopal de Ecuador dice en su pronunciamiento “No nos corresponde como Obispos asumir una actitud política. Nos corresponde, en cambio, iluminar las conciencias de los católicos con la doctrina del Evangelio para que tomen una decisión responsable y en conciencia, ante Dios y la sociedad” pecan de omisión al no recordar figuras como las de Monseñor Oscar Romero, cuya vida ofrendó en aras de la paz en El Salvador; el Monseñor Álvaro Ramazini de Guatemala y Monseñor Pedro Barreto en Perú defensores del medio ambiente, y una larga lista de sacerdotes con “actitud política”.

Ellos también iluminaron e iluminan las conciencias bajo la coherencia del verso y la acción que obedece a la máxima de una “opción preferencial por las y los pobres”. La feligresía no solo tiene que escuchar lo que el pastor ilustra sino mirar su actitud coherente, para que no sean los “sepulcros blanqueados” que acusó Cristo. Esa metáfora que señala al inconsecuente con sus ideas, alguien que predica agua y bebe vino; es decir, al hipócrita, al farsante, al fariseo. Amén.

(*) Responsable de la Producción Informativa de ALER y colaborador de la Revista Debate en Ecuador.

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Por Spacio Libre

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