Lima, Perú (CAPS/Spacio Libre).- Artículo de Carlos Jibaja. Director de Salud Mental del Centro de Atención Psicosocial CAPS. Publicado en su página web.
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Las noticias de situaciones de violencia y muerte en las familias peruanas de toda condición socio-económica no cesan, se incrementan. Día a día somos testigos directos o indirectos de homicidios y suicidios, entre otras variantes de la violencia igualmente preocupantes como la violencia sexual y los “accidentes” de tránsito.
¿Qué características tiene la violencia homicida y suicida en nuestra sociedad? ¿El tipo de violencias que vivimos es exclusivo de nuestro país? ¿Cómo es el rostro de la violencia en los otros países latinoamericanos?
Briceño León (2008)[1] teniendo como principales referencias bibliograficas a la OMS (2002) y OPS (2003) tiene un interesante artículo sobre la violencia homicida en Latinoamérica. Aquí algunas de sus afirmaciones:
La tasa de homicidios a nivel mundial es de 8,8 muertes por cada cien mil habitantes[2], mientras que la de suicidio es de 14,5. África y América tiene tres veces mas homicidios que suicidios, mientras que en Europa y el Asia (Pacífico) la situación es exactamente la contraria.
No hay un patrón consistente entre los países ricos: hay países como Inglaterra y Japón que tienen tasas de de 1 y 0.6 homicidios respectivamente, otros como Italia, Canadá y Bélgica con tasas de 1,4 y hay otros países como Estados Unidos que tiene 7,7 homicidios. En todo caso, la correlación mas evidente es que en los países ricos – no expuestos a guerra – las tasas de suicidio son más altas que de homicidio.
Dato importante: América Latina es la región con violencia homicida más alta del mundo.
El patrón varia de acuerdo a las características de los países: un primer grupo que está por debajo de la tasa promedio mundial (8,8): Uruguay, Costa Rica, Argentina, Chile y Paraguay. Un segundo grupo por encima del promedio mundial: Nicaragua, Ecuador, República Dominicana, Panamá y Perú. Un tercer grupo que esta en el intervalo entre duplicar y triplicar el promedio mundial: Brasil y México. Esta clasificación concluye con un cuarto grupo que tienen tasas que van más de 26,4 homicidios por cada 100 mil: Colombia, Venezuela, Honduras, El Salvador, Guatemala. Venezuela superó la tasa de homicidios de Colombia en el 2007.
La diferencia entre las tasas de homicidios entre los países está asociada a los niveles de urbanización del país y los niveles de pobreza en sus hogares. Se requiere de las dos variables explicativas: un alto grado de población viviendo en ciudades (urbanización) y un alto porcentaje de la población en condición de pobreza. Los casos de Brasil, México, Colombia y Venezuela concuerdan con este patrón.
Briceño León (2008) establece que si en uno de los países sólo se halla presente una de las dos variables y la otra está ausente, no se encuentran niveles altos de violencia homicida: Paraguay y Bolivia son países con una población con altos índices de pobreza que sin embargo no tienen un grado de urbanización predominante. Sus tasas de homicidio son bajas y ligeramente por encima del promedio, respectivamente.
Las víctimas de la violencia homicida en América Latina son principalmente hombres, jóvenes y pobres. En once países de América Latina los homicidios son la primera causa de muerte entre los jóvenes de entre 15 y 24 años de edad.
La explicación que encuentra el autor citado (2008: 111) es: “No es la pobreza, sino la desigualdad social, lo que genera más violencia. No son los países más pobres (Haití, Bolivia), ni las provincias o estados más pobres de los países (no es el nordeste brasileño, ni los estados más pobres de Venezuela) los que tienen más violencia. La violencia ocurre mayoritariamente en los países y las ciudades donde se concentran la pobreza y la riqueza: en São Paulo, Río de Janeiro y Caracas; en México, Brasil, Colombia y Venezuela”. (Las cursivas son mías).
Violencia entre nosotros
Partamos de una afirmación: los seres humanos llevamos en nuestras emociones y conductas el potencial de ejercer violencia sobre otros y uno mismo. Asimismo, en las sociedades con patrones sistémicos generadores de violencia, aumentan considerablemente las situaciones de violencia que en aquellas en que la estructura social minimiza su ocurrencia. Japón y Venezuela son sociedades en las que la violencia homicida tiene porcentajes muy diferentes (0.6 y 52 respectivamente). En contraste, el problema de Japón no es tanto la violencia homicida sino principalmente la violencia dirigida hacia si mismo, el suicidio.
En Perú tenemos ambos en proporciones significativas[3]: la tasa de homicidios sobrepasa los 11 homicidios (c/100 mil) y la de suicidios es menor a 4. En ambos casos las tasas son crecientes desde el 2002 (OMS, 2002). ¿Qué factores están contribuyendo a que la violencia se vaya incrementando?
En el Perú merecen un énfasis especial algunos factores:
- Somos una sociedad en situación de post- conflicto armado interno. No debemos olvidar que las condiciones estructurales y sistémicas de la relación Estado-ciudadanía que produjeron el estallido de violencia socio-política se han modificado poco sin que los Gobiernos de turno hayan realizado una profunda reforma de las instituciones del Estado. La violencia socio-política ahora puesta en escena en la protesta social ambientalista, es un riesgo permanente.
- La triada maligna del espacio público: abuso del poder, corrupción e impunidad goza todavía de excelente salud. Es el caso del control de armas, ¿Qué autoridad o policía no sabe que pistolas y revólveres de todo calibre se pueden comprar en el Mercado de Las Malvinas sin necesidad de licencia? … y no pasa nada!
- En menos de 40 años hemos pasado de ser una sociedad predominantemente rural a otra urbana sin una mínima planificación. Buena parte de esa población fue forzada a desplazarse a los asentamientos humanos de las periferias de las ciudades principales a causa de la violencia socio-política y la pobreza extrema; buena parte de las familias desplazadas han dislocado la continuidad de sus tradiciones e identidad a costa de una brutal aculturación que repite los viejos patrones de discriminación y exclusión por raza, género y clase social.
- Los jóvenes son un grupo en riesgo. La brecha generacional entre padres e hijos se ha ensanchado por razones tales como: referentes culturales distintos, padres de procedencia rural, muchas veces quechua-hablantes, hijos citadinos sin conexión con tradiciones familiares; padres trabajadores, pero ausentes, hijos sin mayor orientación y supervisión; padres con experiencias traumáticas por violencia política, hijos desconociendo sus historias familiares y buscando identidades “de guerra” en las pandillas y barras bravas; hogares con carencias básicas de agua, desagüe, alimentación, salud, transporte; una pésima educación pública; un mercado sin oportunidades para aquel que desarrolló capacidades profesionales o técnicas, pero que carece de un entorno social influyente. Y un gran “etcétera” que empaqueta las múltiples causas y correlaciones de por qué los grupos en mayor riesgo de cometer homicidio o suicidio son los adolescentes y jóvenes adultos.
- Alrededor de un 30% de la población no cree en la democracia y prefiere regimenes autoritarios. Un 44% de encuestados afirmó que votaría por un político corrupto si es que hace obra. Son las estadísticas de un pueblo acostumbrado a un Estado burocrático, ineficaz, corrupto y organizado para la repartición de riquezas para una ínfima minoría, el mismo pueblo que para subsistir ha tenido que buscar formas alternativas de ganarse la vida a pesar de los gobiernos. “Orden y mano dura” (O-MD) es la cara oficial de “Corrupción y transgresión” (C-TRANS), lejos de ser dos opuestos en lucha, la exigencia por O-MD se explica por la práctica social dominante de C-TRANS y viceversa en un círculo vicioso.
- La mujer peruana es más consciente de sus derechos como persona y ciudadana y busca activamente ejercerlos. Este factor positivo sin embargo enfrenta patrones machistas en la relación de pareja muy enraizados en los hombres que se ven “desafiados” en su autoridad/virilidad y ejercen violencia para someter a la mujer, lo que se evidencia en la violencia familiar y la creciente tasa de feminicidios.
La lista de factores del por qué las expresiones de violencia socio-política se siguen incrementando es numerosa: un sistema judicial inoperante y corrupto frente al que la población se plantea la salida expeditiva de los linchamientos; la falta del chip de la prevención en la mayoría de los peruanos; el abc de la política económica neo-liberal latinoamericana: pocos ricos, clases medias endeudadas, masas pauperizadas; el consumismo contemporáneo y la exposición a la publicidad de los medios de comunicación de una población mayoritariamente pobre que resiente la desigualdad; el abuso del alcohol sin políticas de salud consistentes; el golpe y la tortura como manera de disciplinar. Y más.
El homicidio o suicidio – como dos expresiones visibles de la violencia – no son asuntos de otras personas, ni cosas de delincuentes y amores pasionales o, en el caso del suicidio, tampoco es algo restringido a personas depresivas. Estos actos personales, destructivos en extremo, son hechos que nos atañen a todos, familia, comunidad y sociedad. Cada uno de nosotros tiene directa influencia para prevenirlos. El primer gran paso es tomar conciencia que está en nuestras manos poder cambiar el “así somos los peruanos, pe!…”
[1] ´htmm. campus.usal.es/~revistas_trabajo/index.php/1130-2887/article/viewFile/1343/1414
[2] Las tasas epidemiológicas en este caso de homicidios o suicidios son medidas por cada cien mil habitantes. Para efectos de este articulo cuando hablemos de 1, 8.8 o 26.4, etc. , siempre tengamos en cuenta que son por c/100,000 habitantes.
[3] Es notoria la falta de estudios estadísticos confiables en el país que midan con certeza estos importantes indicadores de violencia. El Consejo nacional de Seguridad Ciudadana (CONASEC) a pesar de su tercer año en funcionamiento todavía no cuenta con los criterios estadísticos esperados.
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