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Foto: La República
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Por: Paul Maquet 

Sobre las elecciones del domingo pasado, se ha dicho que fue una victoria del PPC, cosa que sin duda es cierta. Un millón y pico de votos en Lima no es la mejor performance del PPC en los últimos años, pero sin duda este partido reafirma su presencia en su principal bastión electoral. También se ha resaltado el rol de Somos Perú, que recupera espacios y, con algunos buenos alcaldes distritales actualmente en funciones, va construyendo una interesante perspectiva para los próximos años.

También se ha dicho que la suma de los votos ausentes, los nulos y los blancos supera el resultado de los partidos ganadores, dato que muestra una preocupante deslegitimación del sistema electoral en este gran bonetón de la revocatoria y la post-revocatoria. Quizás este es uno de los elementos más importantes para el análisis.

 También se ha dicho que la gran derrotada es la gestión de Susana Villarán. Sin duda, es cierto que ha perdido la mayoría en el Concejo y esto le puede dificultar llevar a buen puerto algunas de las reformas que está implementando. Pero la gestión fue derrotada electoralmente mucho antes, desde el momento en que decidió no librar esta batalla. La lista oficialista se ha visto obligada a hacer campaña prácticamente en solitario, sin demasiado apoyo activo de una gestión que parece haber concluido anticipadamente que no valía la pena desgastarse en este proceso.

 Esta vez, quiero enfocar otro ángulo: cómo quedan las izquierdas tras estas elecciones, en la perspectiva de la construcción del Frente Amplio, el espacio electoral de unidad que estas fuerzas vienen construyendo no sin dificultad.

 Es evidente que lo que ocurrió el domingo es una derrota para los partidos de izquierda: sacaron apenas 7.6% de los votos válidos, cuando el ganador sacó 29.5%. En términos deportivos, es una goleada en toda la línea.

 Sin embargo, la derrota es algo de todos los días en política. Recordemos al APRA, que pasó de gobernar el país a tener apenas cuatro congresistas, insuficiente incluso para conformar una bancada propia. Lo mismo le ocurrió a Perú Posible y al fujimorismo, los mismos que luego recuperaron espacios: el primero actualmente co-gobierna y el segundo casi gana las elecciones. Lo que quiero decir es que, en política -como en fútbol- una derrota es un dato de corto plazo que no define el resultado del campeonato.

 Si decidimos ver la película completa, el dato más relevante es que -tras dos décadas de inexistencia- la izquierda ha regresado al panorama electoral con perfil propio e intenciones y posibilidades reales de permanecer en él. Su actual presencia política ya no es producto de la casualidad -como se pudo pensar tras la campaña municipal del 2010, marcada por Kouri, Bayly y los “potoaudios”– ni de su alianza con algún caudillo -como pudo pensarse el 2011- sino que empieza a desarrollar una fortaleza propia. Incipiente, pero propia.

 Vamos a los números. Los partidos de izquierda -aglomerados en la Confluencia por Lima y que conforman a nivel nacional el denominado Frente Amplio- han obtenido un poco más de 300 mil votos. ¡Este es el mejor resultado electoral para la izquierda limeña desde los 80! Si descontamos la propia elección de Villarán -que como acabo de señalar tuvo características muy peculiares-, la última vez que las izquierdas postularon como tales fue el 2006, obteniendo menos de 70 mil votos en Lima: 38 mil para el partido que postuló a Villarán a la presidencia; 24 mil para el Partido Socialista, de Javier Diez Canseco; y casi 5 mil para el MNI.

 El resultado de esta elección es un evidente retroceso respecto del 2010, pero es un avance con respecto la situación de estos partidos hace muy pocos años. Pese a haber sido derrotada en estas elecciones, las izquierdas no han regresado a la marginalidad e inexistencia de otras épocas.

 Este resultado se da en un contexto por demás adverso: sin presupuesto de campaña, sin un líder visible con alguna capacidad de arrastre de votos, y -para colmo- obligados por el JNE a utilizar un símbolo y un nombre que nadie conoce. Quizás la pregunta no es por qué “Tierra y Dignidad” obtuvo “apenas” 7.6% de los votos válidos, sino cómo así un símbolo que nunca jamás salió en la televisión obtuvo tantos votos. Sin duda, simpatizantes de la gestión (que tiene entre 15% y 30% de aprobación) que hubieran querido votar por TD simplemente no tuvieron a tiempo la información de qué símbolo debían marcar.

 Entonces, uno puede hacer un análisis de corto plazo, y entonces encontrará que la alcaldesa que ganó las elecciones hace tres años ahora quedó penúltima. Cierto. Pero si el Frente Amplio tiene perspectivas de mediano y largo plazo, ese análisis es insuficiente: lo que vemos es a una izquierda que está en el proceso de recuperar una presencia autónoma en el escenario político. Este es, para todo efecto práctico, el primer resultado electoral del Frente Amplio, y ha obtenido -casi sin hacer campaña- nada menos que 300 mil votos en Lima, 4.5% del electorado. Es un excelente comienzo para un proyecto político a largo plazo.

 Porque, seamos claros: nadie está pensando que el Frente Amplio ganará las próximas elecciones nacionales. Si se trata de un proyecto a largo plazo, tiene que empezar por fortalecerse y acumular peso político poco a poco. Hace algunos meses, yo pensaba que si el Frente Amplio obtenía un 10% en las elecciones generales, ya ese sería un avance de las izquierdas inédito en la historia reciente del país. Con las simpatías de al menos 4.5% del electorado limeño, ese objetivo podría parecer incluso demasiado modesto.

 A este análisis debemos agregar un elemento adicional: la llamada “consulta” para definir el orden de los candidatos, una suerte de votaciones primarias abiertas que se desarrollaron al inicio de la campaña. Si bien se trató de una consulta muy incompleta, se trató de un acto muy renovador para la política peruana: por primera vez, un conjunto de partidos le preguntaba a sus militantes y simpatizantes algo relativo a las elecciones. El Frente Amplio está obligado a repetir y mejorar esta experiencia, definiendo sus candidatos en las municipales del 2014 y las generales del 2016 de manera democrática y abierta. Al hacerlo, reafirmará un espíritu anti-repartija que puede calar hondo en el electorado, ansioso de una verdadera renovación de la política.

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