La Oroya no existe

Foto: Michael Mullady
(Editorial publicada en la web Actualidad Ambiental de la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental SPDA)

Por: Luis Eduardo Cisneros / Director de Comunicaciones de la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental
Tenía 19 años la primera vez que conocí sobre la problemática de La Oroya. A finales del 99, recuerdo haber estado en la casa de mi hermana y haberle pedido la computadora para googlear el nombre de esta ciudad, y verificar si tanto horror era cierto. La búsqueda no arrojó muchos resultados. Dos de los videos que encontré mostraban trabajadores bastante sonrientes de Doe Run, cantando arpa en mano y al ritmo de las palmas del respetable en festejos de esta compañía.

Hallé también artículos muy pequeños escaneados de diarios locales que brindaban información financiera e industrial bastante superficial en un espacio de 2 x 2. Solo pude ubicar dos sitios web de instituciones indignadas con información documentada y relevante; algo que, frente a tamaña problemática, resultaba ser una muestra de un desinterés ciudadano bastante difícil de asimilar.

Mi creciente interés en La Oroya me motivó a investigar más sobre el tema, acumulando decenas de megabytes de información en mi PC. Algunos años después, llegó a mi bandeja de entrada el Informe de la Universidad de Missouri “Estudio sobre la Contaminación Ambiental en los Hogares de la Oroya y Concepción y sus Efectos en la Salud de sus Residentes”, que demostraba que el 99% de los niños de La Oroya tenían niveles de plomo por encima del máximo permitido por la OMS. El dato me impactó sobremanera y decidí llamar a un amigo muy cercano que trabajaba en un prestigioso diario local.

Le conté que el 99 % de los niños de La Oroya tenían niveles de plomo en sangre por encima del promedio, que los niveles de cadmio y dióxido de azufre eran surrealistas y que había un señor de nombre Ira Rennert (dueño de Doe Run) con un historial empresarial ambientalmente cuestionable en USA. Me respondió que le iba a proponer el tema a su editor. Nunca más me llamó.

Llamé a un par de amigos más que trabajaban en otros diarios y solo uno de ellos se dignó a devolverme la llamada. Fue sincero y sin asco me dijo: “Tío, no vende”.

PLAN D`ESCAPE. Sobre el caso Bazán y la falta de tino de Salazar

Cuando un familiar desaparece, la vida puede dar un giro inesperado. En mi caso, mi tío paterno, desapareció hace 11 años en situaciones hasta ahora no aclaradas y aplacadas por los esbirros del Poder Judicial de la época del dictador Fujimori, con argucias legales que dejaron el caso en el limbo.

La sensibilidad, cuando un familiar desaparece, crece. Jode ver a la madre del desaparecido (en este caso mi abuelita), pensando, rezando y dejando cada pedazo de vida en cada año sin ver a su hijo. Jode más ver a su único hermano (mi padre), peleando y arando sobre las piedras, tratando de encontrar una luz, una pista que lo lleve hacia él.

La sensibilidad, crece tanto que cada foto, cada imagen, cada audio es un vivo recuerdo de lo que esa persona es (o fue) y la sensación indignante y casi inhumana de no tener conciencia de donde está esa persona, o sus restos, duele demasiado cada día que pasa.

La sensibilidad, es tal, que cualquier noticia, resulta esperanzadora y la desazón es peor cuando la posible pista, te lleva a la nada… la nada total.

Por eso me jode, el poco tino, del increible ministro del Interior, Octavio Salazar (el principal responsable del rocón de los pishtacos) y del jefe de la Policía, el general Hidalgo, para mostrar las fotos del mayor Felipe Bazán, sin avisarle a la familia, sin prepararla y decirle que hay fotos donde su hijo aparece, no como el marcial policía de los archivos fotográficos, sino como un humillado oficial, golpeado (?) y conducido a la fuerza (a lo que podría ser) su muerte.