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Esta será mi primera columna desde mi renuncia a seguir escribiendo en Diario Exitosa. Publicaré cada lunes, como lo hacía en el diario, hasta que pueda tener un nuevo espacio fuera de las redes sociales, en mi muro de Facebook.

Foto referencial

Por Julio Arbizu Gonzales
@julioarbizu

Vivo desde hace casi nueve meses fuera del Perú. No ha sido fácil, por varias razones. La distancia de la familia, de los amigos, la nueva dinámica que no admite atención plena de las domesticidades del país. Vivo atento, eso sí, a las redes sociales, que son una especie de placebo perverso contra la nostalgia: vivo informado, pero esa información llega fragmentada y dispuesta en una especie de caleidoscopio, al que yo me aferro como si me entregara imágenes reales. Sé, sin embargo, que no lo son, que la historia del Perú corre violentamente en paralelo a mi propia historia aquí, con los problemas del país donde ahora vivo; y mi trabajo que consiste, de arranque y en pocas palabras, en reconocerlos y pretender soluciones.

Y entonces cuando la información excede el mundo de las redes virtuales y se cuela por todas las esclusas y la televisión local habla del Perú y empiezan a llamarme y mandar mensajes decenas de personas, que me ofrecen su apoyo y lamentan lo que está ocurriendo, es inevitable despojarme de un creciente sentimiento de culpa. Estoy lejos y no vivo lo que vive ahora mismo mi gente. Estoy lejos y mi opinión está desprovista del sustento de estar pasándola mal como todos ellos. Estoy lejos y desde aquí puedo racionalizar y pensar en que, si hace unos meses ocurrió en Chile uno de los incendios forestales más violentos de su historia, y ahora se sabe que una de las causas de ese incendio fue una inusual ola de calor provocada por el aumento de la temperatura del mar, en Perú se pudo prever que ese mismo efecto provocaría lluvias extremas y deslizamientos como los que estamos sufriendo hoy. Claro, yo lo pienso ahora, cuando ya es tarde, cuando todas las explicaciones son inútiles y no van a conseguir solucionar ningún problema.

Pero ¿quiénes tendrían que haber estado avisados y tomar las precauciones para reducir los efectos del desastre? La Municipalidad de Lima contaba con un presupuesto de 34 millones 217 mil 868 soles para el rubro “Reducción de Vulnerabilidad y Atención de Emergencias por Desastres”. Sin embargo, el 86% de ese dinero fue invertido en obras en el malecón de la Costa Verde. Un total de 29 millones 948 mil 752 soles, fueron destinados al malecón limeño, mientras las aguas se calentaban, se preparaba la tempestad y se esperaban los deslizamientos e inundaciones que ya han costado 62 vidas y más de 60,000 damnificados. El alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio, debería responder por esos hechos. Y debería hacerlo, asumiendo una posición protagónica en la reconstrucción y la ayuda a las personas afectadas. En lugar de eso, según me cuentan, ha desaparecido y se ha reafirmado en esa penosa marca personal que es su silencio. Silencio es lo que menos necesitamos nosotros. En ese minuto necesitamos de todas las voces y de todas las manos. Voy en abril a Lima. Estaré apenas unos días, pero ya me empiezo a poner contacto con amigos emprendiendo labores de ayuda por distintos lugares del país.

Ojalá pueda yo servir de algo.
Leyendo noticias sobre la tragedia me encuentro con la foto que ilustra esta entrada y no tengo dudas que en mi país no todo está perdido. Claro que no, ¡carajo!

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