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“Morado. Ácido morado sobre cielo de ceniza. Sucia la niebla podrida en pescado. Morado dulce en alfombra. Morado turbio y ondulante en cuerpos morenos. Morado tibio en mañana fría: mojada.” Con esta enredada poética, densa y realista, empieza uno de los libros que dibuja una Lima perniciosa y, a su vez, bella. En octubre no hay milagros celebra 50 años de creación, y argot limeño, que Oswaldo Reynoso plasma con gran capacidad.

Oswaldo Reynoso en la Casa de la Literatura, durante el coloquio que se realizó con motivo de los 50 años de la publicación de "En octubre no hay milagros"
Oswaldo Reynoso en la Casa de la Literatura, durante el coloquio que se realizó con motivo de los 50 años de la publicación de «En octubre no hay milagros»/ Foto: Casa de la Literatura

Por Marquiño Neyra
@AndyNeyraY

La primera novela del arequipeño muestra una careta contagiosa, de espacios oprimidos, de casonas y balcones coloniales –donde los adinerados miran con desdén a la “gentuza formada por hediondos animales”-, vendedores ambulantes, obreros discutiendo debajo de un puente sobre futbol, lustrabotas, olores pegajosos, jóvenes lujuriosos y  gente con hábito morado en el Centro Histórico de Lima. Estos son solo algunos de los escenarios que presenta la obra.

Recordemos que el escritor de las cantinas, y cafés, inicia el “realismo urbano” en los 60, usando la jerga como conducto poético.

En octubre no hay milagros no deja de ser un libro de culto, de conocimiento y afecto enfermizo hacia calles como Nicolás de Piérola, Plaza San Martin o Jirón de la Unión donde, hoy en día, un puñado de universitarios solo esperan ser retazos de algunos pasajes de libros como Los inocentes o En octubre no hay milagros. Sentarse –como decía MVLL- en algún bar y sentir que escritores, periodistas y artistas del Bar Zela, o El Palermo los contagiara de genialidad y talento. Tal vez, volver al pasado y encontrarse con periodistas de La Crónica, La Prensa o El Comercio, que hacían de estos lugares su mejor tertulia.

Caminar por Tacna y oler la ceniza, el turrón de Doña Pepa y mimetizarse con los hábitos morados; predicar la fe hacia el también llamado Cristo de Pachacamilla. Preguntarse por qué usar el color morado, si es un color melancólico, y apreciar el cielo que aún es gris y los perros siguen abandonados.

Saber que todos los días están rodeados de gentes que no ingresan a San Marcos, y figuran que no son solo unos fracasados sentimentales. Caminar por la cuadra siete de Jirón de la Unión y recordar al extinto diario La Prensa –y, a su vez, Los últimos días de la Prensa-.

Clásica foto de la procesión de octubre/ Foto: Casa de la Literatura
Clásica foto de la procesión de octubre/ Foto: Casa de la Literatura

Recordar una de las frases de Miguel, uno de los personajes predilectos por los lectores de En octubre no hay milagros:

“Aunque no lo creas, desde que te levantas hasta que te acuestas, estas comprando, trabajando y dando de ganar a Manuelito. Cuando lavas empleas jabón que fabrica Manuelito; vas al baño y el papel higiénico que usas lo hace una fábrica de Manuelito; te vistes y la tela que te pones es de Manuelito; lees un periódico y también es de Manuelito; vas a tu trabajo y en cualquier empresa que trabajes Manuelito tendrá acciones y la casa en donde vives también es de él en sociedad con los judíos y el cemento y las llantas y la gasolina y los cines hasta las empresas funerarias. No te escapas de Manuelito.”

Leer cada página de En octubre no hay milagros es conocer a una Lima de antaño, y cómo la gente acomodada se muda del Cercado, Barrios Altos y Rimac, hacia Miraflores, San Isidro y Barranco por culpa de los ambulantes y provincianos proletarios que se apoderan salvajemente del Centro con su rebaño de hijos.

Así, mostrando que para Oswaldo Reynoso no hay parámetros. No le importan las críticas, pues cree que estas no deben ser una referencia directa para los creadores. Le tiene sin cuidado que su libro haya sido catalogado como marxista y se haya quemado copias de este en la procesión de El Señor de los Milagros del 65.

En octubre no hay milagros no deja de ser una fuente importante para la nueva generación de escritores, y uno de los retratos más sensatos y admirables de la narrativa peruana.

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