
La presencia de los militares en la vida política y social del Perú ha generado siempre una gran polémica, pues para algunos éstos representaron los principios de “institucionalidad” y “orden» y para otros, no solo han sido la antítesis de esos principios sino, incluso, su participación en la política (denominada “militarismo”) habría sido una de las principales causas del fracaso de la consolidación democrática y, en última instancia, del inconcluso proyecto de Estado-nación peruano.
Argumentos para ambas posiciones abundan, sin embargo, parte de la riqueza del análisis histórico consiste en descubrir los diversos matices que hay en medio de los extremos de esas interpretaciones. Es así que resulta pertinente recordar que la participación política de los militares peruanos nunca fue inmutable, fue cambiando a lo largo del tiempo y, cuando en 1968 el general Juan Velasco Alvarado encabezó el golpe militar que derrocó al presidente Fernando Belaunde Terry, se inició un nuevo ciclo en la historia de la incursión política de los militares.
En los años sesenta los militares peruanos estaban inspirados en una nueva doctrina militar, la misma que planteaba una visión más inclusiva del desarrollo del país. El grupo de oficiales más cercano que acompañó Velasco estaba integrado, entre otros, por los generales Edgardo Mercado Jarrín, Jorge Fernández Maldonado, Ernesto Montagne Sánchez y Javier Tantaleán Vanini. La necesidad de implementar reformas y de colocar por delante los intereses de la nación fueron, tal vez, las principales ideas que recorrían el pensamiento político de este grupo de oficiales y de alguna forma los llevaría a dejar de lado ese rol de “perro guardián de la oligarquía” que siempre se le había atribuido a las Fuerzas Armadas.
En ese sentido aquellos militares que rodearon a Velasco, pensaban que la respuesta a los grandes problemas del Perú era lograr la unidad nacional mediante reformas (agraria, financiera, productiva, educativa, etc.) orientadas al logro del desarrollo. Desde esta perspectiva la seguridad nacional solo podía ser garantizada a través de una meticulosa planificación y un protagonismo del Estado, dirigido por ellos mismos, en todas las esferas de la vida nacional. Además, la implementación de esas reformas parecía estar fuera del alcance de los regímenes democráticos, tal como lo habían demostrado sucesivamente los gobiernos del segundo pradismo (1956-1962) y el primer belaundismo (1963-1968).
En el caso particular del general Edgardo Mercado Jarrín, algún papel debió jugar en su percepción sobre la incapacidad de los gobiernos civiles para implementar las mencionadas reformas, la experiencia personal que tuvo entre 1946 y 1948 cuando fue edecán del presidente José Luis Bustamante y Rivero (1945-1948). Seguramente, ver de cerca la incapacidad política de ese gobierno y la acción de demolición emprendida por el APRA contra ese régimen lo llevaron a ir delineando su visión sobre las “debilidades de los gobiernos democráticos”.
Edgardo Mercado Jarrín fue el más intelectual del grupo de “militares reformistas” y llegó a ocupar el cargo de canciller entre 1968 y 1971 y presidente del Consejo de Ministros entre 1973 y 1975. Reconocido en el Perú y en el extranjero como un experto en temas de estrategia militar y geopolítica, fue también el principal artífice de la política exterior del régimen velasquista. Él fue el gestor, tanto del acercamiento a los países de la órbita soviética, en plena Guerra Fría, como del relativo liderazgo del Perú al interior del Movimiento de los Países No Alineados, aunque resulta justo remarcar que siempre prevaleció en él su visión vigilante por salvaguardar los intereses peruanos en el contexto internacional.
La muerte del general Edgardo Mercado Jarrín, el pasado 18 de junio, trajo nuevamente a la memoria de los peruanos el recuerdo del gobierno militar de los años setenta. De allí que el papel del gobierno de Velasco en la historia peruana continúe siendo un tema muy polémico. Para algunos el fracaso de las reformas emprendidas y los muchos errores cometidos, crearon las condiciones que anidaron el fenómeno subversivo y la catástrofe económica puestos de manifiesto en los años ochenta. Para otros ese gobierno liquidó el poder de la oligarquía y reivindicó social y económicamente a los sectores populares del país. No obstante, como en muchas ocasiones ocurre en la historia, la verdad está parcialmente en ambas versiones. En cualquier caso Mercado Jarrín, sin lugar a dudas, mejor que nadie representó con todas sus virtudes y defectos al nuevo militar peruano que incursionó en la política en los años sesenta y setenta del siglo XX.