
Por: Laura Arroyo Gárate
Hace dos días se celebró el Día Internacional de la Lengua Materna. En el Perú, así como en otros países, se han programado distintas actividades para recordar, entre otras cosas, la importancia de la preservación de lenguas. Las actividades programadas en nuestro país las pueden ver aquí y recomiendo en particular las mesas que tratarán temas como “Estados plurinacionales” y claro “Educación intercultural”.
Como es costumbre, este es un tema que resulta bastante invisible o postergado generalmente por la coyuntura, pese a ser fundamental, sobre todo en el Perú, donde se estima que se hablan entre 50 y 60 lenguas vernáculas (la cifra depende de la división dialectal que se considere). Sólo en la Amazonía podemos contar cerca de cuarenta lenguas. ¿Cuántas de ellas conocemos? ¿Las reconoceríamos si las oímos? ¿Podríamos distinguirlas? O, ¿Sabemos siquiera sus nombres? Aquí les dejo el mapa etnolingüístico peruano para hacernos una idea de la riqueza que tenemos en materia lingüística. (Recomendamos ver mapa)
Pero no se trata de aplaudir la riqueza, celebrar nuestra “suerte”, abrazarnos una vez al año al recordar que somos un país plurilingüe y olvidarlo los siguientes 364 días. Nuestro plurilingüismo es uno de las características que menos recordamos y que, por ello, podríamos perder. Se llama lengua muerta o extinta a aquella que ya no es la lengua materna de ningún individuo. Según el Atlas presentado por la UNESCO, en el Perú hay 62 lenguas peruanas en peligro de extinción. Repito, sesenta y dos. Y por si la cifra no resulta alarmante, recordemos lo que implica la pérdida de una lengua.
No se trata de un tema de “funcionalidad” como dicen algunos. De hecho, ninguna lengua es per sé mejor ni peor que otra, ni más apropiada para determinados temas que otra. Eso de que el francés es la lengua del amor o del romance es una impresión cultural, una construcción nuestra a partir de una lengua que asociamos a un contexto romántico por otros factores que no son lingüísticos.
En un país donde se hablan unas 50 lenguas aproximadamente, todas deberían permitir que sus hablantes se desarrollen plenamente con ellas. Y esto, nuevamente, nada tiene que ver con las lenguas, sino con factores extralingüísticos. No tiene nada de “funcional”, por ejemplo, que si a un ciudadano que hable nomatsiguenga le roben, no pueda sentar la denuncia respectiva en una comisaría porque los policías de dicho lugar sólo hablen castellano. Y esa no es culpa del nomatsiguenga, ni del hablante, ni del policía. Es responsabilidad, claro, de un estado que no ve entre sus principales responsabilidades la de garantizar que esto no ocurra.
La solución tiene que ver, nuevamente, con la educación. La educación bilingüe intercultural es un derecho. ¿Se imaginan el trauma que viven a diario varios niños en nuestro país cuando llegan a la escuela y se encuentran con un profesor monolingüe de castellano y ellos no lo entienden durante meses pues hablan otra lengua? Si a ello añadimos la discriminación lingüística de la que son víctimas por parte de algunos de estos profesores, no nos resultará difícil entender por qué muchos hablantes prefieren dejar su lengua de lado, cuando no huir de ella.
La solución no es homogeneizar el castellano en perjuicio de las lenguas originarias. La solución pasa por entender que una lengua representa mucho más que un conjunto de normas y un léxico particular. Una lengua es un acercamiento distinto a la realidad, una forma de ver, interpretar y construir el mundo. Al perderla, no perdemos entonces sólo una gramática, sino un complejo sistema, una cultura, una historia, etc.
Por ello, la educación bilingüe intercultural es un derecho. Porque todos los hablantes de cualquier lengua merecen mantenerla porque es también su identidad cultural. El encuentro con la lengua oficial (por ser mayoritaria) no debería ser traumático, sino la suma de una segunda lengua a la materna. No debería tampoco significar el intercambio de una por otra. Está comprobado, además, que el desarrollo cognitivo de cualquier niño es mucho mejor en aquellos que aprenden en su lengua materna y no en aquellos que viven el “tránsito” bruscamente. Para ello, la reglamentación de la ley de lenguas es un tema pendiente y urgente.
En la misma línea, debemos también, nosotros los castellanohablantes, dejar de caer en los lugares comunes de la discriminación. El juicio absurdo que hacen muchos castellanohablantes sobre aquellos que hablan el castellano con las lógicas interferencias de una lengua originaria que tienen como materna, es ridículo. No tiene sentido que aplaudamos a quien habla un castellano en el cual se nota que la lengua materna es inglés, francés, alemán o lo que fuere, y no se haga lo mismo con quien evidencia tener como materna alguna lengua originaria como quechua, aimara o asháninka.
Si no somos capaces de reconocer nuestra riqueza lingüística más allá del discurso, sino en el día a día, pues la perderemos antes de lo que pensamos y perdemos, repito, mucho más de lo que creemos. ¿De qué inclusión social podemos hablar si no respetamos el derecho fundamental de miles de peruanos que al hablar otra lengua, ven el mundo de otra manera? ¿Qué diálogo sobre la ley de consulta previa o su reglamentación puede llegar a buen puerto si no considero al otro como un igual diverso? ¿Cómo un peruano que piensa distinto en su territorio, porque tiene un acercamiento distinto a él? ¿Qué ve en determinadas actividades un riesgo, que ve en su medio ambiente no sólo un hábitat, sino una deidad?
Conversar o dialogar no basta, entender y llevarnos algo de ellos es otra cosa. Empecemos por ahí y hagamos que este año no sea uno más de celebración hueca o, peor aún, de indiferencia frente a una fecha que a nosotros debería significarnos mucho más que sólo un día.

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