Inca Kola ¿El sabor de lo nuestro?
Por: Wilfredo Ardito (en Facebook)
-¿Qué es eso, che? -preguntó la niña.
-Es una gaseosa de Perú que le han traído a mi papá –respondió la pequeña dueña de casa.
-¿Puedo probar? –pidió la visitante.
Mi amigo, que llevaba diez años viviendo en Buenos Aires, palideció.
-No sé si te gustará. ¿De verdad querés? –preguntó vacilante.
Ella asintió, sonriente.
–Te serviré un poquito, no vaya a ser que no te guste.
-¡Está buena! –exclamó ella – ¿Puedo tomar un vaso?
-Bueeeno… -asintió él, y era evidente por su expresión abatida que pensaba: “Ahora todos estos pibes van a querer”
Efectivamente, la niña les avisó a sus compañeros de juego.
Yo me sentí contento por el éxito de la Inca Kola que había llevado, aunque estaba apenado por mi amigo, que ante el entusiasmo infantil, debió conformarse con una dosis diminuta.
En otra ocasión, llevé una Inca Kola a la casa de dos amigos que vivían en Centroamérica y generé involuntariamente un conflicto de pareja:
-¡Te la estás tomando toda! –exclamaba él.
-¿Y qué? ¡Tú estuviste en Lima este año y tomaste bastante! –reclamaba ella.
Cuando un peruano vive en el extranjero, la Inca Kola es uno de los elementos que marca la nostalgia, asociada muchas veces a las añoranzas alimenticias, sea que uno extrañe los anticuchos, una Bembos o el chi jau kay.