Desde 1997 iniciaron 35 comerciantes con la hazaña de vender libros en un país donde no se lee. Hoy el jirón Quilca ha perdido su brillo: universitarios, docentes, académicos y hasta escritores que pululaban por el bulevar pierden uno de los últimos nichos más importantes de la cultura limeña.

Por Marquiño Neyra
@AndyNeyraY
Desde las 10 a.m. de este jueves, un conjunto de policías resguardaban las afueras del terreno, rodeados de triciclos y carros llenos de cientos de libros -entre joyas literarias y bestsellers- así como vitrinas, anaqueles y cajas llenas de revistas incoloras y libros amarillentos, como nuevos y empastados.
“Parece que a la Iglesia no le basta los millones que el Estado le da, sino que nos privan de cultura para que tengan más adeptos”, comenta a regañadientes un colérico comerciante.
“No dieron notificación del desalojo. Nos han botado como delincuentes, cuando nosotros lo único que queremos es vender cultura”, comenta la vendedora Chávez del stand 59.

“De los 1500m², solo le pertenece 400m² al Arzobispado, y lo demás le pertenece al Estado”, indica la comerciante, pues tampoco le dejaron sacar sus documentos de su puesto, y expone que nunca les mostraron algún documento que avale el desalojo.
Sin ser eso suficiente, la librera reveló a Spacio Libre que uno de los efectivos policiales amenazó con meterla presa si es que le tocaba un dedo.
No les sorprende a los libreros de Quilca que alguien que no mueve ni una ceja por los casos de abuso sexual en el Sodalicio, y acusado de plagiar como el cardenal Cipriani esté encabezando este suceso, pues no sería la primera vez que el pueblo se ve afectado por las esferas del poder.
En el 2008, el Arzobispado de Lima realizó una demanda de desalojo, luego de que el contrato de arrendamiento de 1997 se venciera. Según se comunicó en ese momento, se tenía planeado construir un estacionamiento, locales comerciales y departamentos.
Fotos del desalojo en nuestro Facebook


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