Reflexión sobre las vuvuzelas

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Foto: DPA
(NdeR).- Este artículo salió publicado el último domingo en el Diario La Primera. Lo interesante, aparte de la posición del autor en contra de las benditas vuvuzelas, es el análisis que hace sobre los límites que existen o que se generan en la interculturalidad y la tolerancia. Lo que para algunos es salvaje, para otros es normal y parte de su vida. Incluso las culturas ajenas a la peruana, pueden vernos a nosotros de manera rara o salvaje. Incluso para los limeños las tradiciones del ande y la selva pueden parecer extrañas… en todo caso, este artículo refleja bien el tema de la Interculturalidad.

Por: Alexandro Saco
Un mundial en África tenía que mostrar algo distinto. Las “vuvuzelas” y su constante zumbido, permiten observar lo relativo de la forma de entender las cosas. Si bien en los estadios existen sonidos de tambores, cornetas, cantos y hasta explosiones, lo de las vuvuzelas, que pueden llegar a sonar decenas de miles a la vez, es distinto: no paran durante los noventa minutos, tanto así que ni la radio ni la televisión pueden ocultar su presencia.

Algunos jugadores y entrenadores siguen solicitando que los organizadores de Sudáfrica 2010 prohíban su uso en los estadios porque desconcentra; ante ello la respuesta fue primero dudosa, pero luego contundente: No se prohíben las vuvuzelas porque es la forma en que los sudafricanos se expresan al ver el fútbol en los estadios; “respeten nuestra cultura”, dijo el vocero oficial. Si bien tiene sentido su defensa, este hecho permite acercarnos a los límites de la interculturalidad, que se manifiesta en muchos campos.

Extirpando idolatrías
A nuestras sociedades les parece aberrante que otras promuevan el inicio sexual temprano de sus púberes (la nuestra no lo promueve abiertamente, sino que se da a escondidas); hasta existen casos de comunidades en las que el inicio sexual del hombre es con otro hombre escogido por el propio padre. Entonces, cuáles son los límites que una perspectiva intercultural debe asumir para aceptar ciertos actos como legítimos. ¿Se debería aceptar que una cultura extirpe el clítoris de sus mujeres? Es claro que no, que ahí entran en juego otros factores que no pueden tomarse sólo como culturales.

Así, el enfoque de la interculturalidad podría optar por no reconocer como parte de tal cultura, prácticas que violenten física o psicológicamente a los miembros de una sociedad; a no ser que esa violencia o daños producidos sean asumidos por el sujeto voluntariamente. El caso de las batallas con piedras y ondas en los andes, en las que muchos resultan heridos, sí es producto de una acción voluntaria. Pero si bien estas u otras manifestaciones tienen un sustrato mítico y/o religioso, se dan casos en que, al amparo de la religión, se puede hasta segar la vida o salud de personas.

En algunas castas de la India es costumbre que cuando muere el esposo y es incinerado, la mujer opta por incinerarse viva con su marido. Distinto sería el caso de las mujeres que debían acompañar obligatoriamente a su tumba al rey. El asunto se complejiza más porque en algunos temas es indiscernible saber si existe una voluntad expresa para tal o cual práctica, o si ésta se condiciona vía el entorno social. ¿Qué medida utilizar para aceptar una costumbre cómo práctica cultural o para descalificarla y hasta combatirla?

Planeta redondo
Cuando una práctica tan universal como el fútbol se da en un territorio conquistado, pero no del todo conocido por occidente, se produce este desencuentro. Los africanos con razón pueden decir que una cosa es la cancha y otra las tribunas; para muestra el triunfo de Uruguay sobre Sudáfrica. Pero el fútbol, si bien como juego tiene los límites de la cancha, como entidad supone el estadio y no sólo esa realidad inmediata, sino la posibilidad de que miles de millones de humanos sigan el partido en tiempo real. (La verdad, a mí sí me incomoda ese zumbido incesante cuando estoy viendo el partido.)

Acaso el fútbol sea una de las mayores expresiones de fusión cultural existente hoy. Por un lado despliega un sentimiento nacional de identidad donde a veces no la hay (España y sus seis titulares del Barcelona) o refuerza los debilitados lazos existentes. Por otro lado, llena los enormes vacíos que la inmediatez y la cultura del consumo impregnan a nuestros actos, haciéndolos irrelevantes al instante. En el fútbol la irrelevancia del humano en soledad pasa a ser la relevancia de humano en la masa; esa masa a la que muchos le temen pero que se expresa cada cierto tiempo ante hechos que rebasan lo deportivo.

La solicitud de vetar las vuvuzelas nos recuerda en algo la soberbia de las culturas hegemónicas; y en buena hora la respuesta negativa de los africanos. Bien los organizadores les pudieran recordar a los que proponen retirarlas, que luego de más de doscientos millones de negros esclavizados y un continente dibujado desde lógica imperial, pues nadie tiene autoridad a estas alturas para tratar de recortar su forma de sentir el fútbol.

África y las sociedades “no desarrolladas” nos seguirán confrontando con detalles y acciones que la modernidad oculta, veta o simplemente desconoce haciendo a un lado. El enfoque de interculturalidad es reciente y por eso sigue dando pasos no definidos, poniendo por delante en algunos casos una estructura (educativa, sanitaria) sin asumir una concepción del mundo. Queda reconocer que existen distintos mundos en el planeta y que ellos se expresan desde las profundidades mismas de cada civilización. Nuestro avance se podrá medir acaso buscando principios elementales.

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Interculturalidad vertical
En salud este enfoque ha ganado terreno en los últimos lustros. En el Perú se ha logrado reducir la muerte materna con una política de interculturalidad, en la que el Ministerio de Salud ha comenzado a respetar, por ejemplo, el parto vertical con ayuda del padre, en la selva y en el Ande. También se han construido casas de espera, en las que las parturientas llegan días antes de dar a luz con sus otros hijos y hasta con sus animales. A pesar de ello existen quejas de muchas mujeres por el trato o el idioma usado.

Algo de historia
Aunque el origen de la palabra “vuvuzela” es desconocido, podría derivar de la palabra vuvu, que en idioma zulú significa ‘hacer ruido’, o de un término sudafricano más coloquial, “baño de sonido”. Originalmente se fabricaban con estaño y ya en 1978, para el Mundial de Argentina, se popularizó esta corneta en material plástico que resultó más barato para el público. Desde 2001 una empresa conocida como Masincedane Sport la empezó a comercializar en Sudáfrica. También se la conoce como “lepatata” en idioma setsuana.

DETALLE
Tecnología antivuvuzelas

Técnicos de algunos países están haciendo todo lo posible para suprimir el zumbido en el audio de la TV. Se están probando ecualizadores y frecuencias para liberar al televidente del sonido. En Nueva York ya se están ofreciendo partidos “vuvuzuela free”.

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