Opinión. ¿Es posible una democracia sin partidos?

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Tomado de DESCO OPINA
La teoría dice que no, pero el Perú se esfuerza en demostrar lo contrario. El único partido realmente existente que tenemos, se esmera en demostrar que tiene menos institucionalidad que el club de fútbol de un grupo de amigos y sus dos dirigentes máximos, arrastrados por sucesivas denuncias de corrupción, tuvieron que suspender su condición de tales, presionados por la estrella única de dicha organización.
Por su lado, el Partido Popular Cristiano decidió «democráticamente» que será su candidata a la alcaldía quien designe a sus representantes distritales a los próximos comicios municipales de Lima, sometiéndonos a los espectadores a la condición de testigos de las múltiples reyertas entre sus militantes de las distintas circunscripciones que se sienten perjudicados en sus intereses y expectativas electorales.

Mientras el APRA y el Partido Popular Cristiano enfrentan como pueden, pero sin ningún rubor las tribulaciones que ellos mismos se han creado, el silencioso candidato presidencial que encabeza todas las encuestas, sorprendió a la afición, anunciando su decisión de darle libertad a sus alcaldes reeleccionistas para candidatear con Alex Kouri o Lourdes Flores, que todo indica, según su criterio, son lo mismo y dan igual. El Partido Nacionalista Peruano, por su parte, se debate aún entre la decisión de su líder de no participar como tal en las elecciones subnacionales y la presión y los intereses de sus militantes regionales por hacerlo.
En este triste espectáculo, las agrupaciones menores, certeramente bautizadas por la calle como «vientres de alquiler», no han querido ser menos en el esfuerzo de contribuir al descrédito de la democracia y de la política. Demostrando su creatividad, un supuesto ambientalista fue presentado como candidato a Lima, por la agrupación del pastor Lay; sorprendiendo a propios y extraños, el mismo personaje apareció una semana después, ungido como postulante a la municipalidad de Lima por la organización de un ex Primer Ministro, que tras haberse ofrecido como candidato presidencial del partido de Alfonso Ugarte, ahora corre con camisa propia.
Más recientemente, el dueño y único accionista de Cambio Radical, el mismo que postula a Jaime Baily a la presidencia, apareció desde San Juan de Lurigancho, anunciando la candidatura de Alex Kouri a la alcaldía metropolitana, resolviéndole así a éste la difícil situación en la que se encontraba, tras haber sido rechazado como candidato por el propietario de una franquicia limeña, gestionada exitosamente desde Los Olivos por el burgomaestre de ese distrito.
Como es obvio, este panorama, por demás patético, se multiplica en las regiones, provincias y distritos de este país. Cientos de agrupaciones operando como agencias de empleo y miles de aspirantes a un puesto de representación haciendo cálculos sobre las mayores o menores posibilidades que les ofrecen los distintos «vientres» en competencia.
Los resultados de esta situación, que se agrava con el tiempo, son evidentes. La crisis de representación –que se explica parcialmente por una sociedad muy heterogénea y severamente fragmentada– se profundiza de manera tal que la política pierde toda capacidad de mediación. La democracia como manera de resolver conflictos y diferencias, como forma de construcción de un futuro compartido, se debilita aún más. Las distancias entre la gente y quienes nos gobiernan, se hacen insalvables.
En consecuencia, es cierto que es posible una democracia sin partidos. Una democracia sin calidad e incapaz de lograr la lealtad de sus ciudadanos y ciudadanas. Una democracia funcional al gran capital y a los poderes fácticos. La pregunta, en consecuencia, es otra: ¿cuánto más puede durar una democracia sin partidos y sin capacidad de representar?

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