EN MEDIO DEL ARROYO. Lima: ¿Horrible por siempre?
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EN MEDIO DEL ARROYO. Lima: ¿Horrible por siempre?

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Por: Laura Arroyo Gárate

Aniversario de Lima y leo diversos textos que resaltan esta situación bipolar: por un lado, la descripción de Lima como una mescolanza insufrible y, por el otro, nuestra aparente imposibilidad de odiarla o, en todo caso, nuestra capacidad de amarla mientras la odiamos. Salazar Bondy la llamaba “Lima la horrible” y esa parece ser ahora una descripción compartida.

Ahora que la campaña por la revocatoria se ha puesto tan caliente como el verano que se augura este año, sobran los insultos, las estrategias turbias, las acusaciones infundadas, la difamación, etc. Sin embargo, típico de una campaña, la discusión se ha centrado en los personajes y las estrategias de campaña en lugar de hacerlo en la ciudad, en lo que le conviene, en lo que le falta o sobra, en lo que le urge, etc.

La columna de Juan Luis Orrego es precisa. En ella, Orrego indica que desde los años 50 Lima inició su mayor transformación producto de la migración interna: “Hoy, Lima es la síntesis del Perú, porque casi el 80% de sus habitantes son descendientes de los migrantes. Este cambio no ha sido ni para bien ni para mal. Es la Lima que tenemos. Es un cambio. Se da y hay que vivirlo.”

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En efecto, no encajan aquí las declaraciones absurdas de quienes creen que “los blanquitos” (¿?) no son limeños, o que existen “verdaderos limeños”, o que los “nuevos ricos” son menos idóneos para hablar de Lima, etc. Todas esas son pavadas. No sirve. Todo eso desune, separa, fragmenta. Estas afirmaciones nos distancian de ser vecinos de una ciudad.

“Vecinos”, sin embargo, parece una palabra ajena. ¿Cómo ser vecinos en una ciudad dónde no nos reconocemos? Hace mucho dejamos de ser (si alguna vez lo fuimos) una ciudad de vecinos para ser una ciudad de individuos. Hace falta una visión integradora de la ciudad, que nos reencuentre. Una mirada que no priorice la infraestructura por sobre calidad de vida, que no disfrace de cemento lo que debiera ser urbanización, que no se contente con escaleras, sino con los espacios hacia donde estas conducen, que no se limite al tránsito, sino a los espacios de encuentro.

Hace años no tenemos “una” Lima, sino una conjunción de Limas distintas. Y eso no está mal. Es una característica. La visión de futuro de nuestra ciudad debe estar pensada en función de las limas que en ella coexisten. Tomando en cuenta, por ejemplo, la fuerza de los limeños migrantes y/o descendientes de migrantes que han hecho crecer las microempresas, a quienes muchos llaman “emprendedores” (aunque el término no termine de gustarme). Pero no basta con el empuje personal, sino también con que se fomente el crecimiento formal de estos limeños trabajadores.

Hay que pensar también en las limas que crecen en la precariedad, que edifican sus viviendas en los espacios menos propicios. Hay que mirar a estos vecinos nuestros que viven con el riesgo de perderlo todo en un temblor, y ofrecerles la posibilidad de un barrio común, de una comunidad. Hay que pensar, también, en los vecinos que necesitan trasladarse a su centro de labores sobreviviendo a duras penas un tráfico desalmado, arriesgando sus vidas al abordar una combi, conteniendo la respiración cuando un conductor decide hacer una carrera con el otro y se zurran en la autoridad amparados en la mala costumbre de la coima.

Es necesario, también, que se planifiquen las obras y no se inauguren losas deportivas o pistas y veredas al dirigente local que gritó más fuerte. Ese modelo, muy de Castañeda por cierto, no conduce sino al clientelismo, al amiguismo y a la corrupción. Hay que expandir el alcance de los servicios de agua, luz, alcantarillado, etc. para todos, planificando al mediano y largo plazo, no pensando en las próximas elecciones, y beneficiando primero que nada a los limeños en condiciones de mayor pobreza.

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Los cambios, sin embargo, no son sencillos. Habrá siempre quien busque oponerse y quiera sabotear las reformas. Pero, ¿qué Lima queremos? ¿La que siga siendo “horrible”? Hay elaborado ya un Plan Regional de Desarrollo Concertado de Lima pensado hacia el 2025. En este plan se especifican una serie de ejes estratégicos que incluyen seguridad ciudadana, cuidado del medio ambiente, vivienda de calidad, espacios públicos, ciudad educadora e inclusiva, etc. Y algunos programas ahí señalados han iniciado con la actual gestión municipal. “Barrio mío”, por ejemplo, beneficiará en un año a 900 mil limeños y contempla, créanme, mucho más que un par de escaleras. La reforma del transporte ya ha sido iniciada, aunque a algunos no les guste, y nos beneficia a todos los limeños. Y estos son sólo los primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza.

Puede no gustarte Susana Villarán, puede no gustarte su equipo, su manera de hablar, su corte de cabello, pero negar que hay un plan con visión a largo plazo para nuestra ciudad y que su gestión le ha dado inicio es una mentira. Negar que se está haciendo obra y que se está pensando en una ciudad de vecinos antes que en una de individuos es, nuevamente, falso. Puedes ser un gran defensor de las obras y el cemento, pero eso no basta para construir una ciudad de verdad, solo la edifica. La ciudad, finalmente, la construimos nosotros, los ciudadanos.

Lo que se juega el 17 de marzo en las urnas no es la permanencia de Villarán en el municipio o la victoria de Marco Tulio, Castañeda, García y compañía, sino el futuro de nuestra ciudad que, por culpa de esta campaña, está perdiendo ya 100 millones de soles (la tercera parte de lo que cuesta todo el proyecto “Barrio mío”, por ejemplo). La pregunta, entonces, no es si votarás por el “sí” o por el “no”, la pregunta es si votarás por la Lima que has tenido hasta ahora, o por la que quieres. ¿Tienes ya tu respuesta?

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