
Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como el Che Guevara, nació un 14 de mayo de 1928 en Rosario, Argentina. Su figura ha sido, es y será asociada, fundamentalmente, a la Revolución Cubana.
La vida de este personaje de la historia latinoamericana está llena de paradojas. Hombre dotado de una gran sensibilidad hacia el prójimo; fue capaz de tomar la justicia en sus propias manos. Durante toda su vida, fue un ferviente combatiente y opositor del capitalismo; no obstante su imagen es, en la actualidad, un ícono de la contracultura y una mercancía (polos, afiches, etc.) de las sociedades capitalistas. De gran agudeza política como para darse cuenta en 1956 que la población cubana estaba altamente motivada a apoyar una revolución; sin embargo, no tuvo esa misma agudeza en 1966, cuando inició su última aventura en Bolivia. En esa ocasión el Che no pudo percibir que la población de ese país no estaba dispuesta a apoyar a unos extraños revolucionarios. De allí que resulte interesante ver con mayor detalle esta última paradoja, pues pone en evidencia uno de los principios básicos de la lucha contra la subversión en cualquier parte del mundo.
El éxito de la Revolución Cubana, que terminó con el gobierno de Fulgencio Batista en 1959, fue posible, en parte, por la poca atención brindada por el gobierno cubano a la creciente simpatía hacia los guerrilleros de una parte de la población civil. Pero, esa desatención expresaba también algo más profundo: la incapacidad y el desinterés del Estado y el gobierno de Batista por brindar servicios de salud, educación, seguridad y justicia. Y fue precisamente esa incapacidad del Estado cubano, lo que explica el apoyo brindado por la población a la guerrilla liderada por Fidel Castro y Ernesto Che Guevara.
Más adelante la Revolución Cubana tuvo una influencia muy grande en toda América Latina. Gran parte de los movimientos subversivos, surgidos en los años sesenta del siglo XX, asumieron a la guerrilla cubana como el modelo a seguir. En el Perú de aquella época el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) fue un claro ejemplo de esa influencia. No obstante, hacia la segunda mitad de los años sesenta los gobiernos de América Latina y los Estados Unidos, a través de la Escuela de las Américas y la CIA, habían desarrollado una nueva doctrina para las Fuerzas Armadas, que estaba orientada hacia la lucha contra el enemigo interno (la subversión comunista) y el apoyo al desarrollo nacional (la integración del país). En esa nueva lógica, el accionar de las Fuerzas Armadas, no solo consistía en combatir militar e ideológicamente a las guerrillas sino, fundamentalmente, en ganarse la simpatía y el apoyo de la población civil.
Este giro en la lucha contra la subversión, en buena parte, explica la posterior derrota de la mayoría de los movimientos guerrilleros en América Latina durante la segunda mitad de los años sesenta. Así, cuando el Che Guevara es capturado y ejecutado en La Higuera (Bolivia) en 1967, fue evidente había sido menos agudo en esa oportunidad, al no dase cuenta del escaso potencial revolucionario que existía en la población civil del país altiplánico.
Si bien los movimientos subversivos de los años sesenta en América Latina eran de una naturaleza diferente a las actuales organizaciones terroristas que operan en el Perú, el principio de ganarse la confianza y el apoyo de la población civil sigue siendo crucial en cualquier estrategia de intervención de las fuerzas del orden. Sin embargo, concretar este principio es muy difícil, sobre todo para un Estado como el peruano, caracterizado por su disfuncionalidad. Carente de la capacidad de brindar servicios de educación, salud, infraestructura, seguridad y justicia en tiempos normales, es casi una quimera esperar que en situaciones excepcionales cumpla con ellas.
Y es en esa encrucijada donde la nefasta política del “napalm” hace su aparición, como una broma de mal gusto o como un acto de locura. En ambos casos la historia y la inteligencia la deben excluir como una posible solución.
