[Opinión] Mi experiencia en Oxfam. La justicia empieza en casa.

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Leí el artículo de Shaista Aziz, quien ha trabajado en organizaciones humanitarias, entre ellas Oxfam. Me sentí identificada con varios puntos que mencionó, aunque debo decir que a mí sí me tomó por sorpresa lo sucedido en Haití.

Foto: Simon Dawson / Reuters

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(NdeR) Una noticia mundial, parece haber pasado desapercibida entre los sectores progresistas y oenegeros del país. La denuncia de un escándalo de explotación sexual, con menores de edad incluidas, en Haití tiene como protagonistas a activistas de la ong internacional Oxfam. Según la información un grupo de trabajadores y voluntarios de esta institución contrataron los servicios de prostitutas en el país caribeño (actividad ilegal) en el 2010, mientras realizaban su «labor humanitaria» con las víctimas del terremoto de aquel año. En Perú el impacto no ha sido mayor, sin embargo hay personas que a media voz vienen señalando diversas situaciones donde lo que menos aparece en Oxfam es el respeto a la integridad humana. Nuestra columnista relata su experiencia en los años que laboró en la filial nacional. Su artículo es en aras de buscar una autocrítica institucional que lleve a una mejora de los procedimientos y acciones para con sus trabajadores.

Foto: Simon Dawson / Reuters

Por Cecilia Niezen
@cniezen

Publicado originalmente en el blog de la autora

Leí el artículo de Shaista Aziz, quien ha trabajado en organizaciones humanitarias, entre ellas Oxfam. Me sentí identificada con varios puntos que mencionó, aunque debo decir que a mí sí me tomó por sorpresa lo sucedido en Haití. Me generó rabia, tristeza, indignación. Me pregunto: ¿Se puede reparar a las mujeres en extrema vulnerabilidad abusadas por miembros de una misión misión humanitaria de Oxfam? ¿Como parte del staff, teníamos derecho a saber que ocurrieron esos hechos y al detalle? A la primera pregunta respondo que no se puede, pero creo que aunque tarde, la justicia debe entrar a tallar y ese debe ser un paso ineludible. A la segunda pregunta respondo que sí, que debíamos saber para decidir si queríamos pertenecer o permanecer en una institución con ese pasivo. O para hacer algo y que no se encubra a esa gente despreciable.

He trabajado como responsable de comunicación institucional y medios en Oxfam Perú, y años atrás, fui responsable regional de medios de una campaña que abordaba la problemática de la pequeña agricultura y la seguridad alimentaria. Lo que pude ver fue una pobreza extrema que no puedo describir, pero también personas tan dignas y luchadoras dentro de esas condiciones de desigualdad que son admirables. Ello me marcó y cambió la perspectiva que tenía de la vida. Aprendí mucho y espero haber estado a la altura de las circunstancia desde mi rol, tratando de visibilizar historias de vida, problemáticas, posibilidades.

He conocdio colegas de Oxfam peruanos y extranjeros excepcionales, comprometidos, que ponen en riesgo sus vidas por su trabajo. Personas de la organización que llegan a zonas donde nunca llegó una autoridad, y no para cometer las aberraciones que se cometieron en Haití.

Sin embargo, cuando leí a Shaista Aziz y los comunicados de Oxfam, incluido el de Perú, decidí contar lo que yo viví como empleada de Oxfam. Trabajé en esta institución un total de cinco años, en dos oportunidades. Y lo que se afirma en ese comunicado no es del todo cierto, principalmente respecto a los canales de denuncia y quejas internas.

Como dice Azis “cada vez que alzas la voz sobre un problema, yo me convertí en el problema”. Pasé mis últimos seis meses en Oxfam sintiendo que era el problema por decir “no me parece” o “no se puede hacer eso en estos momentos” (por citar un ejemplo), en autoaislamiento, con sentimientos de culpa, lloré varias veces de impotencia. Lo que le contaba a mi jefe sobre lo que pasaba, que tenía que ver con temas y problemas laborales, no era resuelto. La cultura del silencio estaba como autoimpuesta porque ya no era una organización horizontal. Era una organización, diría, vertical, maquillada de horizontalidad.

Luego de hechos concretos (cito solo algunos) 1. Ser retirada del equipo al cual pertenecía desde que ingresé con un primer aviso en un pasillo de la oficina y sin que me consulten 2. Que me sumen más trabajo (parte del trabajo de una excolega que pasó a otra área), sin apoyo por meses o un sinceramiento en mi remuneración, a pesar que ya estaba desbordada y que venía laborando casi todos los fines de semana 3. Que se hagan actividades directamente vinculadas a mi rol sin consultarme o avisarme (me enteraba nomás) 4. Sentirme estigmatizada y tener que escuchar esos comentarios incómodos que van contra tu honra, decidí que tenía que hablar con mi jefe directo.

Para ese entonces me acaban de cambiar de supervisor y ese jefe directo era el director de Oxfam en Perú. Luego de contatar que no se producía ningún cambio respecto a mi situación le dije en resumen “si ustedes no me quieren en la organización por a, b, c, despídanme que es lo mejor para ambas partes. No esperen a que venza mi contrato”. Me dijo que no quería que me vaya. Pero no, lo que querían, intuyo, es que se venza mi contrato porque no tendrían motivos para justificar ante la sede central un despido. Sin embargo, siguieron sucediendo situaciones realmente desagradables. Situaciones que cada vez me aburrían y debilitaban más.

En ese proceso yo me iba apagando. Ya no tenía fuerzas ni ganas de decir lo que pensaba. Esa energía que te hace trabajar cada día, apasionarte por lo que haces, proponer cosas, luchar, dormir en el piso de la oficina por puras ganas de que salga bien la actividad del día siguiente, se iban. Una gota rebalsó el vaso y decidí irme. Mi contrato vencía en diciembre y pedí que mis días libres por fines de semana trabajados, días de vacaciones trabajados y vacaciones en deuda los resten para que mi último día laboral llegue cuando antes. El día llegó en octubre. Envié un correo de despedida al staff.

Entre otras cosas, decía que uno de los motivos por los que me iba era porque estaba luchando por derechos que en mi caso eran vulnerados y que en una organización de DD . HH. eso no podía pasar. Agradecí la oportunidad de contribuir desde mi perspectiva y experiencia a las causas por las que lucha Oxfam. Tuve respuestas sinceras y bonitas de un grupo de colegas, pero de las personas (directivos) que creo, debieron decirme hasta luego, gracias o perdón, ni una letra.

Antes de irme pedí una entrevista de salida con la oficina central del Oxfam para el cual yo trabajaba (Oxfam es una confederación de varias organizaciones. Yo trabajaba para Oxfam América). Conté todo lo que viví en detalle y hablé del acoso y maltrato laboral.

Me considero una persona bastante comprometida y responsable y que no trabaja precisamente para amasar dinero sino por las cosas en las que creo. Y yo creía en Oxfam y esa confianza está resquebrajada totalmente. La organización dice que sus canales de queja y denuncia funcionan pero puedo decir que no y que todo lo que conté y precisé quedó en la nube. Nunca me volvieron a contactar. Y me pregunto: ¿cuál ha sido la respuesta a las quejas recibidas a nivel Perú y a nivel de la sede, incluida mis quejas en mi entrevista de salida? ¿Se ha tomado alguna medida correctiva? ¿Se han trasparentado estas quejas? ¿Han generado algún tipo de sanción?

Pocos días antes de que se cumpla la fecha del fin de mi contrato y en días libres reflexionaba sobre todo lo vivido. Yo había dejado mi puesto de trabajo no porque odie lo que hacía. Soy periodista de profesión y amo el periodismo, pero también me gustaba lo que hacía en Oxfam. Me preguntaba por qué yo me iba y las personas que me maltrataron se quedaban.

Decidí hablar con colegas que habían dejado la institución, unos de comunicaciones, y encontré casos similares al mío. Algunos habían seguido los canales internos de queja y denuncia y no habían encontrado ningún resultado ni a nivel de país ni a nivel internacional. Dos excompañeras me contaron que lloraron de impotencia varias veces al no ser escuchadas, que se sintieron ninguneadas más de una vez, que pelearon lo que pudieron y terminaron siendo el problema. A una colega le avisaron con unas dos semanas de anticipación que su contrato no sería renovado y estuvo en shock. Hizo una queja interna que posiblemente también quedó en la nube. En nuestras experiencias se repitió el mismo patrón: maltrato y cierta impunidad. Digo “cierta” porque ya no estoy ahí y no puedo saber si las personas que permitieron y perpetraron estos maltratos han sido entrevistadas, evaluadas, cuestionadas, o simplemente no pasó nada y siguen hablando de derechos humanos.

Decidí hacer algo concreto por mí. Envié mi contrato a un abogado y él me dijo que lindaba con lo ilegal. Entre otros puntos, que era un híbrido entre locación de servicios, planilla, y contrato temporal. Y mi error, gran error fue firmar a ojos cerrados por pura confianza. Era Oxfam.

Envié una carta notarial. Podía conciliar o hacer una demanda. Denuncié en esa carta la naturaleza de mi contrato y las situaciones y daños que me había generado. A las dos reuniones con Oxfam fue mi abogado porque yo literalmente no podía entrar a esa oficina. Me hacía mal. Recibí una llamada de mi abogado con una propuesta de Oxfam para conciliar por una suma aproximada a un despido arbitrario de dos años (tiempo de mi segunda etapa en Oxfam). Acepté sin pensarlo. Pude ir a juicio pero no lo hice porque estaba agotada emocionalmente; en condiciones de salud no óptimas; sentí que con ese ofrecimiento Oxfam reconocía de alguna forma su error y falta contractual, pero también porque temía un juicio con una organización tan grande. Necesitaba recuperar energías para iniciar 2018, sanar, reinventarme, buscar empleo y pasar la página.

Sin embargo, la falta de fondo cometida y lo que genera en una persona no tiene precio y sus impactos son incalculables. El maltrato mella la autoestima, la confianza en uno mismo. Sentir que ya no puedes ni entrar a la organización a la que has querido tanto porque te hace daño y porque perdiste la confianza es un sentimiento feo, lleno de contradicciones.

No escribo con el ánimo de echar leña sobre el árbol caído. Mi ánimo es que esto cambie y que si los abusos persisten, cesen. Uno no puede mirarse desde adentro y decir “vamos bien chicos”. No. Lo que corresponde, si hay quejas puntuales es que se auditen todas las prácticas desde afuera, sin amiguismos, sin argollas, tratando a todos los empleados por igual, sin importar el rango, nacionalidad, con objetividad. Y sobre los casos aberrantes en Haití, no basta pedir perdón y lamentar los hechos. Se debe buscar justicia para esas personas a las que la institución debió proteger. Eso pasa porque se vayan todos los que supieron de este caso y callaron (para empezar).

Yo, repito, trabajé en Oxfam con las ganas de cambiar aunque sea un poquito el mundo. Hoy mi confianza en la organización está resquebrajada como la de muchos, pero felizmente siento que el mundo se puede cambiar desde otros espacios y formas. Recuperar esa confianza, creo, pasa porque Oxfam haga cambios estructurales.

Decir que no se requieren organizaciones como Oxfam no es justo. Varias llegan donde no llegan gobiernos, autoridades. Son, en muchas oportunidades, la voz que nadie quiere o prefiere escuchar. Esa voz incómoda. Sin embargo, no creo que se requieran organizaciones que encubran delitos y malas prácticas. Por ello, se requiere que cambien de verdad, desde el fondo y, que apliquen los principios que promueven empezando por casa: coherencia y justicia.

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