[Opinión] Habemus Arzobispo

Compartir

Castillo jamás perteneció a la cúpula de Juan Luis Cipriani, de hecho, siempre estuvo en la otra orilla.

Carlos Castillo sucesor de Juan Luis Cipriani y una esperanza para una iglesia menos conflictiva / Foto: Arzobispado de Lima

Compartir

Castillo era, hasta hace unos días, un perfecto desconocido. Solo algunos, los que nos movemos en los círculos eclesiales, los de la comunidad PUCP, y los cristianos de la comunidad de San Lázaro, en Rímac sabíamos de él, de su profunda convicción por trabajar con los menos favorecidos, con los marginados, de su cercanía a los jóvenes (a quienes tiene el don de atraer por su simpatía) y a todo aquel que, como el hombre que bajaba de Jerusalén y fue asaltado en el camino por malhechores, requiere de un buen samaritano en sus vidas.

Carlos Castillo sucesor de Juan Luis Cipriani y una esperanza para una iglesia menos conflictiva / Foto: Arzobispado de Lima

Por: Javier Contreras Martínez
@javier_contmar Carlos

Jamás perteneció a la cúpula de Juan Luis Cipriani, de hecho, siempre estuvo en la otra orilla. Amigo personal de Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de liberación, doctrina satanizada en los últimos 20 años desde la cúpula del, a esta hora, exarzobispo de Lima. Sería precisamente el cura dominico, de 90 años, el que habría dado al papa Francisco, que desde que llegó a Roma buscó la forma de reconocer el trabajo de Gutiérrez, el nombre de Castillo para suceder a Cipriani en el puesto de arzobispo de Lima.

Tras bambalinas se dice que en su pasada visita a Lima, Bergoglio habría anunciado a Cipriani que su carta de renuncia, la misma que debía escribir por límite de edad, sería aceptada y ya barajaba nombres para sucederlo. Desde entonces, y con el pasar de los meses, fuimos oyendo y cada vez con más fuerza el nombre del p. Carlos Castillo, cuya designación se consumó el último viernes.

Castillo, a sus 68 años, llega a una arquidiócesis dividida y no tendrá mucho tiempo para reconstruirla. Por un lado, un grupo de “ultras”, que han copado las altas esferas (laicas y religiosas), que se han aliado con los extremistas evangélicos para oponerse al enfoque de género que predica la igualdad y se contrapone al machismo, que han desatado una campaña de homofobia con poder político capaz de obstruir que desde el Congreso se legisle para salvaguardar los derechos mínimos de la comunidad LGTBI, y es el mismo poder político que ostenta este grupo el que solapó a los sacerdotes involucrados en caso de violación sexual a menores y que – incluso- mantienen en juicio a los periodistas que denunciaron tales delitos, un grupo ligado al fujimorismo, a la derecha más bruta, achorada y mercantilista que hay en el Perú, esos que comulgan con la idea de que los derechos humanos son una cojudez (sic) o que las mujeres se ponen en escaparate para los violadores (sic) si usan prendas diminutas o que si reclaman por sus derechos son unas respondonas (sic).

Y por el otro, un grupo de católicos, que no nos vamos a ir de la Iglesia, porque tuvimos que entender a golpes que nuestra fe está mucho más allá de quien sea el arzobispo, si Cipriani, si ahora Castillo o quien fuera a venir en el futuro. Un grupo, que tuvimos que acostumbrarnos a que por la calle digan que la Iglesia de Cristo es de violadores, y quedarnos sin respuesta. Nos tuvimos que acostumbrar a ver que nuestras comunidades se van quedando vacías y a nuestros hermanos siendo captados por esos “lobos vestidos de corderos” que tenían que llegar y que han aprovechado muy bien estos 20 años para hacer dinero con la fe de muchos hermanos, que decepcionados por el comportamiento de quien estaba en el sillón arzobispal, salieron de la Iglesia y estaban como ovejas sin pastor. Es la hora, querido padre Carlos, de que volvamos a ser la Iglesia misionera que siempre fuimos, que acojamos a gays, madres solteras, divorciadas, o que han abortado como nos lo enseñó el mismo Cristo. Es la hora, padre, de meter en la cárcel a todos esos sacerdotes que se atrevieron a tocar a un niño, para que aquellos muchos, que están en la ciudad, santamente, predicando que el Reino de Dios está con nosotros y haciendo el bien, salgan a la luz, y sean valorados como lo merecen.

Es la hora de que prediquemos la igualdad, que dejemos de fomentar grupos de odio como el tristemente famoso “Con mis hijos no te metas”, que nos alejemos de los fujimoristas y que nuestra única política sea la del Padre Nuestro.

Tengo esperanza, que seas el Mensajero de la Paz, cuyos pies estamos viendo bajar por la montaña. Anhelo ver, de nuevo, los templos llenos de jóvenes. Tengo esperanza, que contigo a la cabeza, seamos la Iglesia de Cristo, que todos anhelamos. Que así sea.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *