[Opinión] EL SIGNO DE LOS CUATRO. El Keiko Fujimori o la heredera fallida

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Queda claro que Keiko Fujimori no es su padre. A diferencia de ella, Alberto construyó el mito de ser inderrotable. Ya hemos señalado la necesidad del fujimorismo de convertirse en mito, de construir una nueva narrativa histórica, un antes y después. En una historia plagada de triunfos robados, de épicas que terminaron en fracasos, el fujimorismo durante la década de los años noventa quiso constituirse en el referente mediante el cual los peruanos pudieran sentirse orgullosos.

alberto y keiko
Alberto y Keiko Fujimori / Foto: La República

Por: Roberto Bustamante
@elmorsa

De ese modo, fue Alberto Fujimori quien derrotó primero al mejor escritor e intelectual más importante del país, Mario Vargas Llosa. La derrota del novelista no fue solo la de él, sino de toda la clase intelectual. Frente a un congreso que lo acogotaba (y que ya estaba abriendo investigación sobre los primeros casos de corrupción que comenzaban a destaparse), el fujimorismo avanzó triunfante al cerrar el congreso y mandar a toda una vieja escuela de políticos a su casa. Un triunfo más, esta vez sobre la clase política. A costa de mentir sobre su promesa de no aplicar las reformas económicas de ajuste liberal, derrotó a la inflación. Frente a los ojos de todos también capturó a Abimael Guzmán y derrotó al MRTA. A pesar de haber perdido en el campo militar, fue suyo también el triunfo frente a los ecuatorianos.

Keiko Fujimori no tiene nada parecido. Salvo el apellido, la suya es una historia de derrotas. Fue derrotada en el 2011 frente a un militar parco, de hablar tosco e ideas izquierdistas y nuevamente el 2016 frente a un viejo economista de derecha que no termina de decidirse si es liberal, conservador o pragmático. Sus votantes esperan de ella gestos triunfantes del padre y de hecho ella los repite todo el tiempo al tratar de identificar a los enemigos de la seguridad ciudadana: los viejos políticos, la izquierda, cierto sector de la prensa, las organizaciones de derechos humanos. Incluso, hay un cuadro gigante con la foto del padre con la cinta presidencial adornando la sala de conferencias de prensa. Nada de eso es casual. Si bien es cierto ella en distintas entrevistas trata de diferenciar al padre de la hija, los guiños son para que los votantes entiendan que lo suyo es continuidad y no ruptura.

Pero más allá de eso, no hay nada. No tiene para exhibir una medalla, un logro, un triunfo frente a cualquiera de sus adversarios mentados. Ha sido doblemente derrotada.

Es por ello que intenta construir una narrativa de triunfo, casi como de manual. Busca que el ganador de la contienda electoral le pida disculpas, para ella quedar como una víctima de las circunstancias, como una vencedora a la que los enemigos de siempre le han quitado la presidencia literalmente de las manos. No tiene otra. Un gesto democrático, el aceptar los pullazos y palabras subidas de tono como parte del juego político, es aceptar tácitamente que ella es también parte de los juegos de poder. Solicitar que el presidente electo pida disculpas enfatiza tanto su carácter de radical como de una política que no es como el resto.

Podría tener un límite. Un momento en el que sus seguidores se den cuenta que Keiko Fujimori, más allá de los gestos y señales, no es su padre. Y comiencen a cansarse y tomar conciencia que ella no es la justa heredera de esa añorada nación-patria-república fundada por Alberto Fujimori.

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